martes, 5 de julio de 2016

EL ÚLTIMO DE LOS CAMPOS

Hace unos meses hablábamos en este blog, en aquella entrada que titulamos "Linajes de cofrades", de la importancia de las familias en la vida e historia de las hermandades, y muy particularmente, por su origen étnico, en la nuestra. Publicamos la reconstrucción de un listado de los años cuarenta y nombramos a dinastías y apellidos que se repiten en la nómina de nuestra corporación desde sus orígenes, pero nos dejamos atrás -porque ya en esa lista no figuraba- a una familia crucial en la historia de la Hermandad de Los Gitanos. Me refiero a la familia Del Campo, De Campos o Campos, que de cualquiera de estos modos aparece registrada en los censos de nuestra ciudad, en una época en que los apellidos no estaban aún fijados.

D. José Bermejo, en su "Glorias Religiosas de Sevilla", en 1882, nos da noticia de un tal Gerónimo del Campo en los términos siguientes:

"Este hombre, a quien tuvieron por santo, los de su clase, por la vida ejemplar que observaba y su fervor religioso, fue el que más se distinguió y señaló; trabajando con incansable fervor por el aumento y prosperidad de la hermandad, no sólo en el dilatado tiempo que ejerció la mayordomía, sino también en el discurso de su vida. Por su medio, algunos capitulares de la Santa Iglesia, fueron insignes bienhechores de esta cofradía, principalmente el Sr. Monroy. Su mismo celo fue el que le sugirió la idea de presentarse a este señor en la enfermedad de que murió suplicándole no olvidase a la hermandad en su última voluntad; y preguntándole que era lo que pedía, contestó que un almacenito para guardar los pasos. El Señor Monroy le dijo entonces, que hiciera diligencia por el que le acomodara y lo ajustase para su compra. Habiéndolo practicado, dio cuenta al mismo señor del que contratara y diera su importe, el que inmediatamente le entregó para que lo comprara".

Don Diego Fernando Sánchez de Monroy, aquel canónigo que perteneció a la hermandad y que la favoreció con la donación de un almacen, falleció en 1773, según consta en la lápida de su enterramiento en la catedral, así que es aproximadamente por estas fechas cuando Gerónimo del Campo ocupa la mayordomía y sucede esta donación que nos cuenta Bermejo.

Pero no sólo es Bermejo quien nombra y destaca al cofrade Gerónimo. En un legajo conservado en el archivo arzobispal, de cuando en 1816 la hermandad se estaba reorganizando y se discutía en un pleito quien tenía derecho a asistir al cabildo que había de aprobar nuevas reglas, un testigo refiere como había visto un libro antiguo en manos de uno de los promotores de tal reorganización, en el que figuraban Gerónimo y su hermano Vicente. Que dicho testigo destacara para señalar la antiguedad del libro precisamente a los hermanos Del Campo, entre tantos otros, nos da buena cuenta de como su fama se conservaba bastantes años después. 

El apellido vuelve a aparecer al frente de la hermandad a mediados del siglo XIX, cuando estaba establecida en San Esteban. El historiador Cristóbal Roldán Barragán publicó en el anuario de la hermandad de 2014 un interesantísimo y documentado artículo bajo el título de "Pinceladas biográficas de un Hermano Mayor", cuya lectura recomendamos, y que nos aporta numerosos datos sobre José de Campo y Tinoco, quien como secretario, en 1850, intentó sin éxito llevarse a la corporación al Convento del Carmen, en el barrio de los Humeros, donde de antiguo existía un importante núcleo de población gitana, entre ellos los Campos. Después, ya como hermano mayor, consiguió en 1860 el traslado a San Nicolás.

En 1880 es su hermano menor Juan José el que pide y consigue la llegada de nuestros titulares a la Parroquia de San Román, donde nos cuenta Cristóbal Roldán que diez años antes se había enterrado José de Campo y Tinoco. Y es que, como una vez me comentó el historiador, parece como si la hermandad siguiera a la familia en sus cambios de domicilio, y no al revés.


La firma de Juan José de Campos en la solicitud de traslado de San Nicolás a San Román

A Juan José, ya en 1895, lo encontramos en un padrón municipal residiendo con setenta años, viudo, en el número 5 de la calle Arrebolera (actual María Auxiliadora). Me lo imagino, ya anciano, acudiendo a la parroquia de San Román, para venerar a sus sagrados titulares, quizás tomando como camino la calle Verónica, donde ahora reside nuestra hermandad, o pasando por la calle Butrón, donde vivió su familia. Parece como si con él se hubiera extinguido un linaje, pero no, de un modo u otro los Campos perduraron.



Cuando yo era joven y escuchaba a los mayores hablar sobre la hermandad antigua, la que sobrevivió al incendio de San Román, salía a relucir siempre un nombre entre todos aquellos heroicos hermanos que levantaron a nuestra corporación de entre sus cenizas. Creo que fue Vicente Valencia el primero que me habló de "Diego de Concepción", Diego Vargas García, que ocupó cargos en las gestoras de tan difíciles años (*). Diego, nacido ya en plena calle Sol, en el número 46, era hijo de Concepción García y Campos, y nieto de Mercedes del Campo Tinoco, hermana de José y Juan José.





La sangre de los Campos, la de aquel legendario Gerónimo que murió en olor de santidad, "tembló pero no cayó". Sobrevivió pues en una rama de los Vargas, para seguir honrando al Señor de la Salud y a su bendita madre la Virgen de las Angustias.



(*) En el archivo de nuestra secretaría se conserva un Decreto del Vicario General del Arzobispado fechado en 16 de septiembre de 1942, en el que se ordena la constitución de una comisión gestora "formando parte de ella Antonio Vega de los Reyes, Diego Vargas García, José Vega Niño, Juan José Bermúdez Vargas y otros hasta el número de veinte". Diego Vargas es también vocal en la comisión de cultos constituida en febrero de 1948. Ya por estas fechas aparece en el libro-registro de hermanos como domiciliado en la calle Gerona. Falleció en 1951.




jueves, 9 de junio de 2016

EL ESTANDARTE DE LAS MONJITAS TRINITARIAS

Ya dedicamos la primera entrada de este blog al antiguo estandarte realizado por los sucesores de D. José Caro en los años cuarenta, y contábamos como, al reconocérsele a la hermandad el carácter sacramental en 1956, se le añadió el bordado de una custodia en el único sitio que quedaba libre, sobre la corona, cosa que no se correspondía con el escudo oficial de la corporación nazarena que se iba a adoptar en las nuevas reglas de 1958.

Así estuvo en uso dicho estandarte algunos años, y de ese modo por ejemplo lo podemos ver en esa fotografía de la representación de nuestra hermandad que acudió a la coronación de la Esperanza Macarena que hace poco colgamos en el grupo de Facebook.

Sabían los hermanos que eso había que cambiarlo. Ya en el acta de un cabildo de oficiales celebrado en septiembre de 1963 se enumera la reforma del estandarte como una más entre las que se debían de acometer con más o menos urgencia, pero la cofradía aún andaba inmersa en el bordado del manto de la Santísima Virgen, y también estaba en la ilusión de todos hacerle en un futuro próximo unas potencias de oro al Señor de la Salud, así que el arreglo del estandarte se iba postergando. La hermandad no podía de momento asumir otra deuda más, pero ¿y sí lo hacía un grupo de hermanos a título partícular?

Creo que fueron Juan Antúnez Espada y Vicente García González, "Vicente Valencia", los primeros en comprometerse a apartar de su economía familiar cinco pesetas al día para la obra. Al menos eso parece desprenderse de las sencillas cuentas a base de crucecitas que llevó mi padre, que se unió al proyecto, como lo harían otros hermanos. Aparecen en la mayoría de los casos anotados en estas caseras cuentas sólo por sus nombres de pila, pero cualquiera que viviera la hermandad familiar de aquellos años puede reconocer quienes eran. Como detalle simpático, aparece registrado hasta el ingreso extra recaudado por la subasta de un habano entre los integrantes del grupo.

El caso es que reunieron, duro a duro, mes a mes, el dinero y decidieron donar un estandarte de nueva factura, para lo cual encargaron la obra de bordado a la Congregación de Hermanas Trinitarias de la calle Padre Méndez Casariego. En mayo del 1966, Sor María Ignacia del Corazón de Jesús les entregaba el recibo de las 46.000 pesetas que las monjitas cobraron por ello. La vara la había realizado Manuel Román Seco, al precio de 6.000 pesetas. En los libros de actas aparece reflejada la donación en julio de ese mismo año.



Aquel estandarte estuvo en uso hasta la época de la coronación, en que se restauró el antiguo de Caro, pasándosele los bordados a nuevo terciopelo y colocándosele la custodia en el sitio correcto, a la vista de lo cual, poco después, sobre 1990, se decidió usar el escudo del que nos ocupa en la confección del actual Banderín de la Bolsa de Caridad.


Función Principal de Instituto de 1970

Función Principal de Instituto 1977. Antonio Moreno Bermúdez, padre de nuestro actual Hermano Mayor, y que entonces ocupaba idéntico cargo, hace protestación de fe en presencia del estandarte.

Las sencillas cuentas de los donantes del estandarte


El estandarte ya transformado en Banderín de Caridad







viernes, 6 de mayo de 2016

AZUL PAVO


Por poco que se sepa de colores, a cualquier hermano de nuestra corporación que se le pregunte por el azul pavo, dirá que es el color de uno de los mantos de salida de nuestra bendita titular, María Santísima de las Angustias, ese manto que hoy se empeñan en llamar "de la coronación", porque la Virgen lo lució en la misma, pero que tiene bastantes años más.

El acta de un cabildo de oficiales celebrado el 31 de julio de 1959, firmada por el entonces secretario D. Salvador Millán Navas, y con el visto bueno del hermano mayor D. Manuel Moreno Serrano, en el punto número 8º del orden del día, se expresa en estos términos:

"También se acuerda por unanimidad que el color del nuevo manto para la Stma. Virgen que esta Junta de Gobierno piensa mandar a construir este año sea el de azul pavo"

Todo tiene sus razones, y la elección del azul pavo no fue casual precisamente. Es muy poco conocida una idea que abrigaban desde años antes algunos hermanos y que se planteó incluso en un proyecto de reglas que finalmente no llegó a buen término. La hermandad estaba obligada desde 1942, por un decreto de la autoridad eclesiástica, a configurar unas nuevas ordenanzas, pues las vigentes estaban desfasadas. Se sucedían las gestoras y no terminaban de cuajar una reglas a gusto de todos, y es en 1953, con ocasión del segundo centenario de la corporación, cuando se redacta este proyecto del que hablamos, y en el que se establecía que el hábito nazareno de los hermanos que acompañaran a la Santísima Virgen fuera distinto de los que escoltaran al Señor, como en muchas otras cofradías de capa. Se pretendía que el terciopelo del antifaz, la botonadura y el cíngulo fueran en este caso de color azul pavo, reservándose el morado para los que iban en los tramos de Cristo.
 
Artículo 6º del Capítulo XII del proyecto de reglas de 1953.


Hoy resultaría casi impensable una iniciativa tal, por el gasto que ocasionaría a los hermanos, pero entonces, que la mayoría de las túnicas eran propiedad de la hermandad y se cedían a la hora de sacar la papeleta de sitio, tampoco era tan descabellada la idea. Sobre todo teniendo en cuanta el reducido número de nazarenos que había. Era cuestión de comprar un centenar de antifaces nuevos de este color, e ir ampliandolos poco a poco, conforme fuera creciendo la nómina de la cofradía, pues en esa época eran más lo que querían salir en los tramos de palio, y se incrementaban año tras año, todo lo contrario a lo que hoy pasa. Las modas.

El caso es que aquel proyecto de reglas ni siquiera se presentó a un cabildo general, y las finalmente aprobadas un lustro más tarde, sancionadas por la autoridad eclesiástica el 28 de abril de 1958, desistián de la creación de este nuevo hábito. El azul pavo se escogió como color del nuevo manto de la Virgen sólo un año después, la Excma. Sra. Duquesa de Alba regaló el terciopelo de Lyon, la Hermandad contrató el bordado con Carrasquilla, y hasta ahí llegó aquel curioso intento que no sabemos como hubiera resultado.



viernes, 22 de abril de 2016

EL SEÑOR DE LA SALUD SOBRE EL PASO DEL PRENDIMIENTO Y OTROS PRÉSTAMOS.

La historiografía cofradiera no aporta muchos testimonios de la salida procesional que realizó la Hermandad de los Panaderos desde la parroquia de San Román a finales del siglo XIX, y mucho menos ha explicado como la referida cofradía cedió su paso para que procesionara sobre él la antigua efigie del Señor de la Salud. Constancia documental no existe en nuestra hermandad, pero estas viejas fotografías así lo atestiguan. Sería interesante que alguien indagara para ver si en los archivos de la corporación de San Andrés se guarda algún escrito al respecto. Este paso fue tallado por Antonio Domínguez Vaquero, y estrenado por el Prendimiento en 1894.

El Señor de la Salud y el Soberano Poder en su Prendimiento sobre el mismo paso.




 
La primera vez que vi la fotografía del Señor sobre esas andas fue cuando allá por los años noventa se colocó una ampliación realizada por Haretón (hijo) en la secretaría de nuestra casa hermandad, y además del paso -que no era ninguno de los conocidos al Señor de la Salud- y de la magnifica túnica bordada, me llamó la atención la corona de espinas, con un trenzado de dibujo casi geométrico, que es la misma con la que aparece nuestro titular en las primeras fotos que se le realizaron por Ramón Almela en la última década del siglo XIX, sobre un sencillo paso neoclásico. Según Juan Martínez Alcalde, en las primeras estaciones de penitencia realizadas desde San Román, "pedían autorización para usar un paso depositado en el Palacio Arzobispal, que era de la Vera Cruz, por hallarse esta Cofradía en proceso de extinción; paso que tampoco servía para venderlo o rifarlo, pues se trataba de unos tableros pintados de blanco, rematados por una barandilla de pésimo gusto".

Nuestro titular en la colección realizada por Francisco Almela Vinet y su hijo Ramón.


Sobre el particular se me plantean algunas dudas. En la fotografía, en la cartela central, aparece dibujado claramente el antiguo escudo de nuestra corporación, el corazón agustino bajo capelo arzobispal. José Bermejo en 1882 da a entender que el paso con el que el Señor de la Salud había procesionado desde San Esteban aún se conservaba en su época, y da una descripción que coincide con el aspecto del que tratamos. Por otra parte, la Hermandad de las Penas de San Vicente tiene registrado como lo pidió prestado a la nuestra en 1880, en su tercera salida procesional, después de haber pedido previamente la cesión de las referidas andas de Vera-Cruz en 1878 y 1879. Lo mismo cuenta Bermejo, que escribe sus "Glorias Religiosas de Sevilla" sólo dos años después. Se trataría por tanto de dos pasos distintos ¿Y cual es entonces de los dos el que aparece en la fotografía de Almela?

Y no fueron estos los únicos pasos prestados. Hay otra conocida foto del antiguo Nazareno sobre un paso de estilo gótico, por lo que parece del taller de Juan Rossy, que tampoco está totalmente identificado. Como en la imagen anterior observamos atrás el detalle curioso de los altares velados, conforme a la antigua liturgia.

Nuestro Padre Jesús de la Salud en un paso de estilo gótico.

Este paso tiene muchas semejanzas con uno que tuvo el Cristo de la Buena Muerte de la Hermandad de la Hiniesta, que por esta época sufría una etapa de cierta postración. Compárese con la cromo-litografía de abajo. Se puede observar como la celosía del canasto ha sido modificada, posiblemente para retirarle el escudo, y los paneles se han colocado de modo que la madera sin tallar que tapaba dicho escudo quede en cada uno de los extremos, junto a las capillas con angelitos de las esquinas. La crestería también ha sido recortada eliminándole la parte superior, aunque parece que alguno de esos pequeños pináculos que la remataban sobrevive bajo los candelabros.


Cromo-litografía del Cristo de la Buena Muerte sobre 1885

Todavía sería necesario por desgracia recurrir a otro paso prestado, el de San Roque, tras el desastre de 1936, en las primeras salidas de la actual imagen del Señor de la Salud, pero eso es ya una historia para contar otro día.




viernes, 1 de abril de 2016

POSTALES CON MEDIO SIGLO



Supongo que a cualquier chiquillo de mi generación tenían que llamarle forzosamente la atención. Allí en San Román, en la mesa que ponía el mayordomo y atendían las hermanas los Domingos de Ramos y Jueves Santos, destacaban por su colorido, entre tanta foto aún en blanco y negro. Y eran tarjetas postales que, aparte de como recuerdo, se podían utilizar para enviarle a algún amigo unas líneas escritas por correo. Desde luego que no iba a ser yo el que lo hiciera y me desprendiera así de ellas. ¡Eran mías! Aún puedo encontrar en alguna el estropicio de mi propio nombre garabateado con letra infantil en los renglones dispuestos para poner la dirección del destinatario, e incluso un dibujito de cómo veía uno un palio a tan corta edad. Mi hermano menor continuó la colección con las de otras cofradías, pero yo me compré únicamente las cuatro de mi Hermandad. Unos años después intenté convencerlo de que una que tenía del Cachorro saliendo de su capilla del Patrocinio era mía también, pero no picó.


La más antigua de ellas está editada en Valencia por A. Subirats-Casanovas, y el depósito legal es de 1964. Aparece el Señor de la Salud regresando con toda su majestuosidad por la calle Imagen, sobre su antiguo paso, al que se le puede observar un curioso segundo friso de claveles rojos en la mesa, sobre los respiraderos, cosa bastante excepcional. Creo que sólo se hizo un año o dos. Que la postal esté impresa en 1964 no significa que la fotografía se tomara en esa fecha. Aparecen ya sin embargo las coronitas doradas que remataban las tulipas de los candelabros, que costeó un grupo de hermanos y que se estrenaron en 1963, así que la foto tiene que estar tomada entre esas dos fechas. ¿Y si me guiara para datarla por los nazarenos? ¿Y si pudiéramos reconocer a alguno? En el 63 salió de fiscal del paso Cristo Vicente García González, “Vicente Valencia”, y en 64 Francisco Vega Moreno, prioste y vestidor del Señor. Alguno de los dos será ese fiscal que mira orgulloso a la cámara como diciendo: “¡Aquí está un nazareno de la Hermandad de Los Gitanos!”.   


La segunda postal es de la Virgen de las Angustias sobre su paso en San Román. Es la nº 252 de la colección Escudo de Oro dedicada a la Semana Santa, editada en Madrid e impresa en Barcelona en 1966 (el número romano IX en el depósito legal así nos lo indica). Así procesionó nuestra Bendita Titular hace justo medio siglo. Fijaros en la corona. Ese objeto en forma de media luna plateada bajo los imperiales es nada más y nada menos que la famosa tiara rusa de diamantes de la Duquesa de Alba. También en el pecherín, entre otras muchas joyas y colgantes que caen hasta sobre la saya, luce el Toisón de Oro, que se le concedió a su señor padre, D. Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, ya fallecido entonces, pero que Doña Cayetana quiso que nuestra Titular llevara precisamente aquel Viernes Santo de 1966. El diario ABC, en su edición del 8 de abril, publicaba la relación de todas las joyas que la Virgen lució ese año cedidas por la Sra. Duquesa, entre las que aparecen la tiara rusa y el toisón.
 




La tercera postal es otra vez del Señor de la Salud, pero en esta ocasión saliendo de la Catedral. Es la nº 273 de la colección Escudo de Oro, también con depósito legal en 1966. Vemos ahí con más detalle el antiguo paso estrenado veinte años antes, que atribuyen a Juan Pérez Calvo, que puso efectivamente su taller, pero que diseñó Guillermo Bonilla –que ya había colaborado con Fernández Andes en la policromía de la Imagen del Señor cuando se hizo-, y que talló Rafael Fernández del Toro y doró Antonio Sánchez González. Hoy lo llaman “de las cortinillas”, pero en su época se le llamó “de los espejitos”, como al de la Coronación de Espinas de la Hermandad del Valle, porque en su concepción original estaba decorado igualmente con pequeños espejos, al estilo rocalla. Estos se le suprimieron en una reforma que le realizó Manuel Peralta en 1965, así que, al contrario que en la postal de la calle Imagen, en esta está ya sin ellos. También observamos más de cerca las coronitas de las tulipas. El paso y los candelabros se vendieron, pero las coronitas no, porque las habían regalado unos hermanos con todo el cariño del mundo, y aún deben de andar por la priostía.

La última de las postales es de la editorial García Garrabella y Cía., de Zaragoza, y el depósito legal es de Barcelona, de 1967. Apaisada, aparece la Virgen de las Angustias saliendo de la Catedral, con Salvador Dorado “El Penitente” -o “El Paitente” según otros- como capataz. Como en la anterior figura el antiguo escudo de la corporación en el frontal del palio, con el corazón agustino bajo el capelo arzobispal, como estuvo hasta su restauración en 1970. El manto azul pavo estaba prácticamente estrenando el acabado de los bordados de Carrasquilla. Y no perderos el saqueo de claveles que a esas horas de la mañana había sufrido ya el paso en su lateral. Sólo la parte más cercana al contraguía ha sobrevivido entera. Afortunadamente esa costumbre tan fea del público se erradicó.

Y estas son las viejas postales de mi infancia, las de aquel nazarenito que soñaba con ser lo bastante mayor para salir toda la noche, y que pretendía enviárselas a si mismo, con garabatos y restos de pegamento incluidos.


miércoles, 9 de marzo de 2016

LINAJES DE COFRADES


Un grupo de hermanos posando a las puertas de Santa Catalina en los años cuarenta, entre ellos Antonio Vega de los Reyes, Baldomera Sánchez, Diego Vargas García, José Vega Niño y su hermana Mercedes, y el Rvdo. Padre D. Aurelio Martín Bogarín, coadjutor de la parroquia. Al fondo asoma la cabeza un jovencísimo Vicente Valencia.

Allá por 1993 ayudaba yo a mi padre en la secretaría de la Hermandad. Iban a celebrarse unas elecciones a las que no se presentaba y quería dejar el cargo lo más ordenado posible a su sucesor, así que andábamos clasificando los expedientes personales de los hermanos. En esta tarea me topé con un puñado de hojillas de inscripción muy antiguas, con el antiguo escudo de la corporación, que no estaban archivadas en carpetas, sino atadas con una gomilla. Le pregunté a mi padre por ellas y me contestó que así las había visto él siempre. De ese modo estaban en el armario que había tras de nuestra capilla en San Román, en aquel cuartillo que hacía las veces de mayordomía, secretaría, priostía y hasta sala de juntas, y así pasaron a nuestra casa de hermandad cuando esta se adquirió. Ojeándolas me llamó la atención que aparecían personas que no estaban en el libro de hermanos más antiguo de los que se conservaban en nuestra secretaría, uno con diligencia de apertura fechada en 1949, firmado por el entonces Hermano Mayor D. Francisco Antúnez Garrido, y el Secretario D. José Mª De la Concha Meneses. Me resultó también curiosa la doble numeración que aparecía en aquellas hojillas. Un número pintado en lápiz de color, y otro atrás, mayor, con lápiz de mina negra. Cotejando con el libro las numeraciones de estas hojillas, y las de otras que sí estaban debidamente archivadas, comprobamos que unos números, los de color, se correspondían con los de dicho libro de 1949, pero la numeración anterior debía de ser de una lista que se habría perdido, pero que era posible reconstruir simplemente ordenándolas. A este trabajo nos pusimos, más por curiosidad histórica que por otro fin, y nos salió esta lista de hermanos, cuyo primer folio publicamos hoy aquí, y que es un reflejo de la sociología de aquella Hermandad que venía en su mayoría del otro lado del puente a rendir culto a sus Titulares. En efecto, si nos fijamos en los domicilios de aquellos hermanos, vemos repetirse las calles del viejo arrabal y guarda: Pagés del Corro, Pelay Correa, Evangelista, Rocío, Pureza, Ardilla. Eran los años anteriores al desalojo de los corrales trianeros de los cincuenta, que supuso el exilio de muchas familias gitanas de aquella Triana que se perdió para siempre.



El listado reconstruido tiene también el valor de mostrarnos los viejos linajes de hermanos gitanos que gracias a Dios subsisten en nuestra corporación. Vemos de hermano número uno a Manuel Vega Romero, padre de los “Gitanillos de Triana”, y a su hijo José Vega de los Reyes, Hermano Mayor en los años cincuenta, bajo cuyo mandato se reconoció a la Hermandad el título de sacramental. El torero Rafael figura en otro folio siguiente, y aunque ya por esas fechas debía de vivir en Madrid, aparece como su padre y su hermano con domicilio en la Alameda, en el número 2 de Leonor Dávalos. Atrás había quedado ya la vieja fragua en el 120 de la Cava.

Ahí están también los hermanos Caballero Heredia, José y Vicente, que también fue Hermano Mayor antes de la guerra civil. En la contienda por cierto había caído luchando “Por Dios y por España”, como indicaba en el lenguaje grandilocuente de la época una vieja convocatoria de cultos en la que se dedicaba una misa al sufragio de su alma, otro Caballero Heredia, Juan. Convocatoria por cierto que presidía nuestra sala de juntas, porque anunciaba la bendición de la imagen del Señor, y que no sé porque ya no está colgada allí. Será que lo de la memoria histórica llegó también a la calle Socorro.

Continúa la lista con toda una nómina de viejas glorias de nuestra hermandad, hombres que lucharon lo indecible por recuperarla del desastre de julio del 36: Mateo Filigrana Vargas, Joaquín Serrano Filigrana, también Hermano Mayor, José Vega Niño, Mayordomo y timón de la Hermandad en tan duros años, los hermanos Santos y Juan José Bermúdez Vargas, Paco Antúnez, al que se le concedió en un cabildo general el número uno a perpetuidad, los hermanos Javier y Joselito Lérida Vargas, Francisco Vega Moreno, nuestro “Francisquito”, el hombre que con más mimo y devoción ha vestido al Señor de la Salud, y por supuesto los Nicolases, los hermanos Moreno Serrano, nietos de aquel Nicolás Moreno Camacho que ostentaba la vara dorada en 1891, el año de nuestra primera salida procesional desde San Román. Entre ellos Manuel Moreno Serrano, Hermano Mayor tantos años, que acaba de cumplir felizmente los noventa y seis, y que creo que es hoy nuestro hermano más antiguo.

Pero me faltaba uno ¿Dónde estaba en ese listado reconstruido Antonio Vega de los Reyes? Antonio, mayordomo en las fechas en que este era el cargo realmente importante de las cofradías, fue quién encargó a D. José Caro la hechura del palio de nuestra Señora en 1935, antes de la guerra, le tocó vivir el incendio de San Román, y toda la reconstrucción de la Hermandad. Durante su mandato, su madre, Carmen de los Reyes García, donó a la Santísima Virgen el traje de luces con el que otro de sus hijos, Francisco Vega de los Reyes, "Curro Puya", había recibido la fatal cornada en la plaza de toros de Madrid que le llevó a la muerte, y con el que se confeccionó una saya que la corporación conserva como una reliquia.

Desconocía la fecha de la muerte de Antonio, pero gracias a nuestro grupo de facebook y sobre todo a nuestra hermana Reyes Vega Iglesias, integrante del mismo, me he enterado que murió en abril de 1947, con sólo cuarenta y dos años, por lo que aquel listado que reconstruimos entre mi padre y yo sólo puede tener una fecha, 1948.

Sirva el mismo de testimonio de la fidelidad a la Hermandad de unas familias cuyos apellidos se repiten a lo largo de su historia, y que como el caso de nuestra amiga Reyes, continúan alumbrando el camino al Señor de la Salud y a su bendita madre de las Angustias. 

La Stma. Virgen vistiendo la saya de Curro Puya el verano pasado.


lunes, 1 de febrero de 2016

UNA PATRIÓTICA PROCESIÓN




Corría el año de 1814, acababa de culminar la expulsión de las tropas napoleónicas del país, y después de tantas tragedias y penalidades, tocaba festejar el final de la guerra y el retorno a España de Fernando VII. Fue un Domingo de Ramos cuando se supo en Sevilla que el monarca había entrado ya en el territorio nacional, y hubo que calmar los ánimos para que se respetara la liturgia de los días sagrados y no se echaran al vuelo las campanas de la Giralda. Pasada la Semana Santa, durante los meses de Abril y Mayo, se sucedieron las celebraciones en la ciudad por la vuelta al trono de "El Deseado", sobrenombre con el que el pueblo llamaba al hombre que simbolizaba todo por lo que se había luchado, y los gitanos de la época no permanecieron desde luego ajenos a los acontecimientos.

Fernando VII retratado por Goya.

Es verdad que la Hermandad estaba postrada desde que tres décadas atrás el Real Acuerdo de la Audiencia ordenara su extinción apoyándose en la pragmática-sanción de 19 de Septiembre de 1783, una norma que supuestamente se proponía la integración “de los que hasta aquí se han llamado gitanos o castellanos nuevos”, pero que en el caso de los gitanos sevillanos y su cofradía sólo sirvió contradictoriamente para despojarles de lo que más les unía al resto de sus conciudadanos. En el ánimo de estos hombres estaba pues que la nueva situación política favoreciera la reorganización de la Hermandad de sus mayores, y que el culto privado que habían continuado rindiendo particularmente a sus sagradas imágenes, volviera a ser público y reconocido.

Así las cosas, el 14 de Mayo de aquel año, una comitiva de gitanos y gitanas de la ciudad y su arrabal y guarda marchó hasta el convento de las Dueñas, solicitó a las religiosas un retrato que éstas poseían del monarca, y así, en procesión, acompañados por velas y cirios y con música marcial, atravesaron la urbe para llevar solemnemente dicho retrato hasta el convento del Pópulo y depositarlo en la capilla de sus antiguos Titulares, al pié de los mismos. Celebraron una función religiosa en agradecimiento por la restauración en el trono del legítimo rey, y después festejaron el acontecimiento a las puertas del cenobio, cuya fachada habían iluminado a propósito con candilejas. La celebración continuó al día siguiente, que hicieron el camino inverso para devolverles el cuadro a sus propietarias. 
  
La Hermandad iniciaba de este modo el camino de su reorganización, en el que destacó el herrero de Triana Martín Serrano, hermano de antiguo, que incluso pidió al procurador D. Patricio de Puertas, depositario de las alhajas y bienes incautados por la Audiencia décadas atrás, una antigua demanda de la cofradía con la que solicitó limosnas a las puertas del Pópulo para reunir fondos con los que renovar el culto. 

Recreación de la fachada de la iglesia conventual de Nuestra Señora del Pópulo a partir de un conocido grabado de 1748 de Pedro Tortolero.





Con estas ilusiones andaban los hermanos cuando aconteció un suceso que casi da al traste trágicamente con ellas. El 16 de Febrero de 1815 se produjo un incendio en la iglesia del Pópulo. El fuego, que se inició en el órgano, se propagó rápidamente y causó gran estropicio en la nave del edificio, pero gracias a la Providencia se logró rescatar al Santísimo Sacramento y a Imágenes y enseres antes de que fueran pasto de las llamas. Se habilitó provisionalmente un oratorio en el exterior y efectuadas con prontitud las obras de reparación, en Mayo se celebró función solemne costeada por el cabildo catedralicio para reabrir el templo.

Poco después, el mismo Martín Serrano, con Lope Navarro y Juan de Flores, sería firmante de un escrito fechado el 29 de Julio de 1815 por el que solicitaban a la audiencia permiso para celebrar el cabildo de reorganización. Con esta solicitud se adjuntaba un certificado del Prior del Pópulo, Fray Francisco Gómez de San Antonio, en el que daba fe de que, a pesar de todas las vicisitudes por las que había atravesado la corporación, “en todos tiempos han continuado los hermanos de dicha Hermandad tributando los más reverentes cultos, y cumpliendo con lo que es de su obligación respecto a las funciones sacramentales en la administración del Viático, por no existir otra Hermandad en el expresado convento”. Se refería el Prior a como los hermanos acompañaban a los frailes en las sacramentaciones que hacían a deshoras, pues al ser el Pópulo ayuda de parroquia de la Magdalena, tenía encomendado dichos oficios extramuros de la puerta de Triana, lo que da cuenta de la antiguedad del carácter sacramental de la Hermandad.

Viril sobre rompimiento de nubes con cabezas de angelitos que ilustraba las Reglas de la Hermandad aprobadas en 1818, aludiendo así a la función sacramental de la corporación.

No sabemos si Fernando VII llegó a tener conocimiento de cuanto habían celebrado aquellos hombres y mujeres su regreso, pues aunque algunos historiadores de las cofradías fechan en aquel tiempo su recibimiento como hermano y la concesión del título de Real a la Hermandad, no ha quedado constancia documental. Lo que sí es cierto es que gracias a los desvelos de aquellos antiguos hermanos la cofradía subsistió y no se perdió como tantas otras después de las vicisitudes por las que pasó, y de seguro que, si no el monarca, sí que el Señor de la Salud y su Bendita Madre de las Angustias les tuvieron que recompensar sus contínuos trabajos.