miércoles, 1 de noviembre de 2017

LA ÚLTIMA MADRUGÁ DE CURRO PUYA

El diario madrileño "El Sol" publicaba el Sábado Santo 4 de abril de 1931 una nota fechada en la tarde del día anterior, y firmada por la agencia de noticias "Febus", en la que se hacía una crónica de la entrada de las cofradías de la madrugá sevillana de aquel año. Decía así:


Diario "El Sol" (número del 4 de abril de 1931. Hemeroteca de la Biblioteca Nacional)

Francisco Vega de los Reyes, "Curro Puya" de apodo familiar y el primero de los "Gitanillos de Triana" en los carteles taurinos, tenía motivos para estar especialmente satisfecho aquel Viernes Santo de 1931. Había tomado la alternativa sólo cuatro años antes y su carrera como matador de toros era fulgurante. La hondura nunca vista de su toreo con el capote lo había encumbrado como una figura imprescindible. En Triana, la antigua rivalidad de la afición sevillana entre los partidarios de Joselito el Gallo y los de Belmonte parecía ahora resucitar entre sus seguidores y los de otro genio gitano nacido también en el viejo arrabal, Joaquín Rodríguez Ortega "Cagancho". Ambos toreros eran hermanos de nuestra corporación por tradición familiar, y aquella madrugá de 1931, como vemos en este recorte de prensa, los dos coincidieron en la presidencia de la cofradía. Curro le había regalado al Señor una túnica lisa de valioso terciopelo que lució en aquella estación. Joaquín seguro que también aportó lo suyo para que todo saliera como el Señor y la Virgen merecían. Para esa época la hermandad se había embarcado ya en el proyecto de realizar un nuevo paso de Cristo que el propio Francisco Vega había avalado personalmente y en el que también echó sus buenos dineros.

Eran otros tiempos en los que la estación de penitencia terminaba en la plaza de San Román en un ambiente de sana celebración. Otro año, con más o menos dificultades, se había conseguido sacar la cofradía a la calle, y con la satisfacción del deber cumplido se improvisaba una fiesta en "El Uno de San Román" en la que sí, había también su cante. La antigua taberna, recientemente desaparecida, tenía entonces una gigantesca cañera de vino que sólo se usaba este día grande, y los dos toreros la llenaban con rumbo para invitar a su gente. Cuentan que hasta Cagancho se arrancó y cantó una saeta (1).

Poco podía imaginar Curro Puya aquella mañana de Viernes Santo que prácticamente dos meses después, el 31 de mayo, un toro llamado Fandanguero le cornearía en la plaza de Madrid fatalmente. Gitanillo no murió hasta la víspera del día de la Virgen de los Reyes, en agosto, y en su capilla ardiente, en la madrileña clínica del Doctor Crespo, se colocó un estandarte para que lo velara, el de su Hermandad de Los Gitanos, que quiso tener ese detalle con él. Años después, en 1944, su afligida madre entregó el traje de luces que había vestido aquella tarde de su cogida, y con él se confeccionó una saya para la Santísima Virgen de las Angustias (2).


La Virgen de las Angustias vistiendo la saya de Curro Puya en su traslado de Santa Catalina a San Román en la mañana del día de año nuevo de 1950. En la manigueta izquierda José Vega de los Reyes, hermano del diestro y Hermano Mayor de la cofradía entre 1954 y 1956.

Para terminar con este recuerdo del malogrado torero haremos nuestras las palabras que el Padre Cué escribiría en su libro "Dios y los Toros":

"¡Qué triste estás, y qué bonita estás, Angustias de los gitanos, en Sevilla, cuando te visten la saya blanca y oro que fue traje de luces de Curro Puya, «Gitanillo de Triana», y que te regaló su madre angustiada por la muerte trágica del hijo!

Y quedas toda envuelta, Angustias, blanca y oro, en el exquisito homenaje de sus verónicas lentas, gitanas, melancólicas..." (3)
Reportaje sobre la cogida y muerte de Gitanillo de Triana en el semanario "Nuevo Mundo" (4)



1. SALAS, Nicolás. "Morir en Sevilla". Editorial Planeta. Barcelona 1986. Págs. 47 a 51. 
2. Diario ABC de Sevilla. Edición de 1 de junio de 1944.
3. CUÉ ROMANO, Ramón. Dios y los toros. Imprenta Roel, La Coruña. 1967
4. Semanario Nuevo Mundo. Edición de 22 de agosto de 1931.

domingo, 1 de octubre de 2017

UNA VIAJERA FRANCESA EN LA ENTRADA DE LOS GITANOS

Hace poco he adquirido a una filatelia de Zaragoza una vieja tarjeta postal de 1930. Con el alminar de San Marcos, la calle Socorro, y el chaflán de la calentería como telón de fondo, aparece la antigua efigie del Señor de la Salud justo en el centro de la plaza de San Román en la mañana del Viernes Santo de aquel año.

Tarjeta postal. Cecilio Sánchez del Pando. 1930


Yo diría que la fotografía está tomada desde la azotea de "El Uno de San Román", y es muy similar a otra foto que ya conocía, realizada unos instantes después desde el mismo emplazamiento, pero con el paso ya bajo la ojiva de la parroquia. Esta segunda instantánea se publicó en el madrileño semanario "Nuevo Mundo" en 1933, con el que colaboraba el fotógrafo sevillano Sánchez del Pando, que es con casi toda seguridad el autor de ambas. Ilustraba un artículo de José Muñoz San Román, "Recuerdos de las cofradías de madrugada". Era ese el segundo año que éstas se quedaban sin salir por la inseguridad de aquella convulsa segunda república, de ahí el título evocador.

Número de la revista "Nuevo Mundo" de 14 de abril de 1933.


Pero volviendo a la tarjeta postal, lo que más me llamó la atención de ella nada más tenerla en mis manos fueron las líneas que aparecían escritas en francés al dorso con elegante caligrafía. ¿Quién las escribió? ¿Qué historia personal guardaban?




"Carmona. 4 de junio de 1930. Querida señora, con mucho gusto he recibido la carta de Bianvoir que me ha hecho recordar los buenos momentos pasados entre ustedes y eso me hizo lamentar no estar cerca de mi familia. Estoy aún en España, y desde hace un mes y medio en Andalucía. He asistido a las procesiones de Semana Santa en Sevilla, y os envío esta foto tomada en la parroquia de los gitanos. Es en la mañana del regreso del paso, una cosa única y por la que ha merecido la pena el viaje. Tenemos un tiempo gris desde hace unos ocho días. Ruego reciban ustedes y demás amistades la expresión de mis mejores recuerdos. Madeleine Leroux"

La remitente de la tarjeta -tan impresionada por haber asistido a la entrada de la cofradía- era la señorita Madeleine Leroux Morel, una prometedora pintora parisina que había sido premiada en 1929 por el Instituto de Francia con una estancia en España que completara sus estudios artísticos. Estuvo pensionada en la Casa de Velázquez y viajó por distintas ciudades del país, entre ellas, como vemos, Sevilla. Se casaría en 1931 con el escultor español Enrique Pérez Comendador, formado artísticamente en nuestra ciudad, a la que llegó con siete años, y autor entre otras de la estatua de la Infanta Maria Luisa que tenemos en el parque del mismo nombre. Magdalena llegó a pertenecer a la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría. Los últimos años de su vida los pasó intentando cumplir el deseo de su ya difunto esposo de establecer aquí una casa museo que expusiese parte de la obra de ambos, sin obtener la verdad mucha ayuda oficial. Hoy este museo está en Hervás, en Cáceres, localidad natal del escultor (1).

En fin, aquella artista francesa debió de quedar tan admirada con aquella mañana que vivió en San Román, y con aquel pintoresco bullicio, que compró una postal y se la envió a sus allegados al norte de los Pirineos, para que compartieran de algún modo su experiencia. No sabemos cómo la tarjeta llegó a Zaragoza, pero sí que tras muchos años ha vuelto a Sevilla, y hoy nos ha servido para recordarla.


Retrato de Madeleine Leroux realizado en sanguina por su padre, Auguste Leroux.

1. Adjuntamos para más datos sobre su persona un link a la página que dicho museo dedica a Madeleine Leroux  http://mpcl.net/catalogo/magdalena-leroux-de-perez-comendador-1902-1984

viernes, 1 de septiembre de 2017

DE SENTIMIENTO LLORABAN HOMBRES, MUJERES Y NIÑOS

Charlando después de los cultos hace unos viernes con un conocido hermano -con Pepe Vega, para más señas- comentábamos cómo a la hora de hablar o escribir sobre la historia de la hermandad, y muy particularmente de su fundación, casi siempre se ha recurrido a lo anecdótico -a la leyenda de María La Pajarita, por ejemplo- y se ha dejado atrás el ambiente en el que la cofradía nace a mediados del siglo XVIII, inmediatamente después de ese luctuoso episodio en la historia del pueblo gitano que se conoce como "la gran redada".

Es Joaquín Guichot (1) seguramente el cronista que mejor refiere lo sucedido en Sevilla en aquellos últimos días de julio y primeros de agosto de 1749, y cómo a las doce de la noche de aquel jueves 31 de julio, a manos de soldados de caballería e infantería llegados con órdenes secretas el día anterior, "...empezó así en esta Ciudad como en todas las poblaciones de España la prisión general de gitanos y gitanas, trayéndolos a las Cárceles, y matando al que se resistiese, como en efecto murieron en ésta, tres cerca de la Cartuja. Todas las puertas de la Ciudad estuvieron cerradas desde las doce de la noche hasta las seis y media de la mañana, y los Postigos hasta las 10; á cuya hora salió un bando con tres cajas, dos pínfanos y diez soldados á bayoneta calada, imponiendo la pena a toda clase de personas, de confiscación de bienes, en incurriendo en la inobediencia del rey y sus órdenes, á los que ocultasen á gitanos o gitanas, como al que no denunciase los gitanos que pudiesen haberse escapado (...) El míércoles 6 de Agosto, á las 6 de la tarde, sacaron de la Cárcel Real una collera de 180 gitanos, reatados en una cuerda, con el acompañamiento de soldados de caballería espada en mano, y de infantería con bayoneta calada, y tambor batiendo marcha, y los llevaron al embarcadero, poniéndolos en el barco de Cuadrado, y desde esta hora hasta después de Ánimas fueron llevando muchachos y hombres á dicho barco hasta el número de 292"

 
La antigua Puerta del Arenal vista por el pintor Jenaro Pérez Villamil

El destino de aquellos inocentes eran los trabajos forzados en el arsenal de la Carraca en la Isla de San Fernando, que por esas fechas se construía. A las mujeres y a los niños menores de doce años se los llevaron a Málaga para recluirlos en tristes y sucios hospicios y casas de misericordia.

Tales medidas crearon en el pueblo llano un sentimiento de comprensión y simpatía hacia los gitanos, y motivaron tal número de quejas que el Rey tuvo que dar marcha atrás sólo unos meses después. Así, el 28 de octubre del mismo año, dicta unas instrucciones en las que afirma que “se haya de repente con el dolor de ver perturbados sus piadosos propósitos con agravios de la justicia, sólo por el mal fundado concepto de sus ejecutores”, mandando que “permaneciendo en su fuerza la deliberación sobre el recogimiento y aprensión de aquellos gitanos que no habían vivido con observancia de las Reales Pragmáticas por haber faltado a alguno de sus capítulos, los demás en quienes se verificase el cumplimiento de ellas, sean puestos en libertad”. Esta libertad fue concedida sin embargo muy lentamente, conforme los reclusos eran reclamados desde sus ciudades y pueblos, y siempre que se acreditase la buena conducta a través de informes de sacerdotes u otros igualmente secretos. Catorce años después de tales medidas fueron liberados los últimos veintitrés gitanos sevillanos que quedaban en El Ferrol. A su regreso a Sevilla, según el mismo Guichot, fueron recluidos bajo vigilancia en el “Corral del Agua”, en el Compás de la Laguna, cercano al convento del Pópulo.  

El escritor D. Antonio Machado y Álvarez (2), padre de los poetas Antonio y Manuel, recoge en su “Colección de Cantes Flamencos” unos martinetes, en su opinión restos de un antiguo y perdido romance, que a nuestro parecer aluden inequívocamente a estos sucesos, a esa triste procesión de hombres maniatados que un día atravesó el arenal de Sevilla rumbo al río y a la gabarra que los llevaría a la Carraca. Con estos martinetes, restos perdidos de un auténtico romancero gitano, ilustramos para terminar esta entrada del blog, en homenaje a los que, tras tantos sufrimientos, fundaron en 1753, sólo cuatro años después de esta sinrazón, nuestra Hermandad de los Gitanos.




1. JOAQUÍN GUICHOT Y PARODY. Historia de la ciudad de Sevilla: desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, 8 vols., Sevilla: Establecimiento Tip. de Hijos de Fé. 1873-1892

2. ANTONIO MACHADO Y ÁLVAREZ. Colección de cantes flamencos recojidos y anotados por Demófilo, Sevilla: Imp. y Lit. de El Porvenir. 1881


martes, 1 de agosto de 2017

LA LEYENDA DE FORTUOSO

Se cuenta que allá por los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo frecuentaba el barrio de San Román y los alrededores de la Puerta Osario un gitano de mediana edad al que llamaban algunos Fortuoso y otros Fructuoso. Era persona de condición muy humilde, más aún que la sencilla gente del barrio. Se ganaba el buen hombre la vida vendiendo tabaco lavado que ofrecía en una caja, recurso éste de pobres y para pobres en aquellos años de escaseces y penurias. No pertenecía a ninguna de aquellas familias gitanas enraizadas en la collación, ni tampoco a las de la otra orilla del rio, a las del viejo arrabal y guarda. Nadie sabía sus apellidos, nadie lo conocía mucho, y ni siquiera se tenía constancia de si era realmente sevillano o venido de otros lares. Amable en el trato, aunque de carácter muy reservado, iba siempre solo, porque además los vecinos lo miraban con un respeto casi reverencial. Una circunstancia especial que en él recaía imponía esa consideración: Fortuoso, de tez cetrina y cerrada barba, era idéntico al Señor de la Salud, y la cosa no tenía mucha explicación. Se sabía que, años antes, Fernández Andes no había utilizado a ningún modelo a la hora de hacer a nuestro sagrado titular, y sólo se sirvió de viejas fotografías de la desaparecida imagen atribuida a Montes de Oca ¿Cómo se parecía ese hombre tanto al Señor?

Traigo a este blog la leyenda de Fortuoso porque conservo en casa un poema que escribió Manuel Rodríguez Rico (1943-2012), amigo de mi padre y persona muy devota del Señor de la Salud. Mi padre quiso incluirlo en un número del boletín de la hermandad, allá por los primeros años noventa, aunque finalmente no llegó a publicarse. Los versos son un retrato de aquella calle Sol, tan distinta a la actual, en la que se crió su autor, con un recuerdo señalado para las familias gitanas que la habitaban y especialmente para Manuel Bermúdez Vargas, hermano al que ya nombramos en estas páginas. Terminan con un emotivo final dedicado precisamente a Fortuoso.

Yo, como dice el poema, no nací tampoco en la calle Sol, aunque así conste en los archivos de la parroquia, porque para bautizarme en San Román recurrieron a decir que había nacido en la fragua de Manuel el Mellizo, en el número 114, y a pesar de que no conocí aquel ambiente, y ni mucho menos a Fortuoso, cada vez que lo he leído me ha emocionado. Aquí os lo dejo, esperando que os guste también.



sábado, 1 de julio de 2017

UN VIEJO PETITORIO Y SUS CURIOSOS ESCUDOS

Dice en 1882 D. José Bermejo refiriéndose a nuestra hermandad que, "aunque la mayoría de sus individuos es pobre, son en las póstulas más afortunados que los de otras; y mediante ese recurso y algún celo podrían sufragar los gastos de la estación". Se refiere el cronista a las cuestaciones que las cofradías realizaban para conseguir financiar los gastos de la salida procesional. La subvención municipal ayudaba, pero ni siquiera sumado el importe de las papeletas de sitio era bastante para afrontar la multitud de gastos que ocasionaban el quinario, la función principal y sobre todo la estación de penitencia, así que se recurría a la generosidad de las gentes del barrio, y sobre todo de los pequeños comerciantes e industriales, para que en los días grandes todo estuviera a la altura de las circunstancias (1).

Altar de un quinario en la recién reconstruida parroquia de San Román a principios de los cincuenta.

El documento que hoy traemos a estas páginas es uno de estos petitorios, una circular impresa por D. Francisco Vera Mármol en su taller de la plaza de la Europa (2). Pertenece a una tirada realizada para el quinario de 1951 de la que parece que sobraron copias, y la mayordomía, dirigida entonces por el inefable Joselito Lérida y Vargas, recurrió a colocar hábilmente un tres manuscrito sobre el número del año para aprovecharlas en 1953.


Llaman también poderosamente la atención los escudos de la corporación. Tanto el impreso en el membrete del propio petitorio, de tipo francés, que es el mismo que figura en las viejas hojillas de inscripción de los años cuarenta, como el que aparece en el estampado con el sello de caucho, aún más antiguo y sencillo, con sólo el corazón agustino bajo el capelo arzobispal.

Del primero confieso que desde la primera vez que lo ví en las antiguas hojillas del pasivo de hermanos me pregunté sobre el significado heráldico del elemento vertical que figura entre los dos óvalos con el corazón y el escudo castellano ¿era la stipes de una cruz patada? En los antiguos paños de bocina que se conservaban en la priostía aparecía también una especie de cruz de San Juan. Con el tiempo este símbolo se sustituiría en nuestro escudo por la cruz arzobispal, y después por un viril, aludiendo al carácter sacramental de la corporación ¿pero qué era aquello?




Observando viejas fotos creo haberle encontrado una explicación. Cuando se adquiere el palio que había pertenecido a la Virgen del Rosario de la hermandad de Montesión se modifica el escudo que figuraba en el mismo, adaptándolo a la heráldica propia de nuestra hermandad, pero hay un espacio vacío entre el bordado de Rodríguez Ojeda que tiene la misma forma, y que de una manera o de otra, alguien tomó prestado para nuestro escudo sin mucho fundamento.

El antiguo palio de Montesión con su configuración original


El mismo palio, reformado por el propio Rodríguez Ojeda, cobijando a la antigua Virgen de las Angustias.

En cuanto al escudo sellado abajo de la circular con un tampón, contiene un detalle que puede pasar desapercibido, y es que se intitula a la Santísima Virgen como "Nuestra Señora de las Angustias". Me trae a la memoria esto a hermanos de otros tiempos, que cuando se referían en la intimidad a Ella no se permitían más familiaridad que llamarla "La Señora". Es como hemos dicho éste un escudo más antiguo que el anterior, probablemente de principios del siglo XX, pero que como vemos se seguía usando aún en los años cincuenta.

Adquirí esta circular en una página de coleccionismo (3), y como no recuerdo que se conservara ningún ejemplar de estos petitorios en el archivo de la secretaría (quizás sí haya alguno en el de la mayordomía), tengo intención de entregarla a la hermandad, pero antes he querido compartirla con ustedes, los lectores de este blog, por sus muchas curiosidades históricas. Esperemos que haya sido de vuestro agrado.



(1) El periodista Gil Gómez Bajuelo, en un artículo publicado en el diario ABC el 17 de marzo de 1951, estimaba en una cantidad cercana al millón y medio de pesetas lo que en aquella época suponía sacar a una cofradía a la calle.


(2) Gran benefactor de la cofradía, al impresor D. Francisco Vera Mármol se le concedió el título de Hermano Mayor Honorario.

(3) La adqurí concretamente en el portal "Todocolección" a D. Javier de la Torre León, conjuntamente con una convocatoria de mano para los cultos cuaresmales de 1953 de la que ya hablamos en el blog.

jueves, 1 de junio de 2017

UN APRESURADO MIÉRCOLES SANTO EN EL PÓPULO

Es sabido que tanto las reglas fundacionales de 1753, como las aprobadas por el Consejo de Castilla en 1818, mandaban a la Hermandad de los Gitanos realizar su estación de penitencia en la tarde del Jueves Santo. Pero no fueron pocas las ocasiones en que esto no se pudo verificar así, viéndose la corporación obligada a tener que realizarla en la tarde del miércoles de nuestra semana grande. José Bermejo, en sus "Glorias Religiosas de Sevilla", cuenta como tuvo que salir en Miércoles Santo en 1758, 1759, 1761, 1763 y 1766. Lo hizo el Jueves en 1767, volvió al Miércoles en 1768 y 1770, de nuevo el Jueves en 1775, y en Miércoles en 1777 y 1783.

Reorganizada la cofradía tras la Guerra de la Independencia, vuelve a plantearse el mismo problema. Habría que aclarar que en aquella época el cabildo de toma de horas se celebraba en la capilla de las Doncellas de la Catedral el mismo Martes Santo, donde ante el Provisor y Vicario General del Arzobispado y el Asistente de la ciudad o alguno de sus tenientes, se señalaba el día y la hora que correspondía a cada cofradía. En 1818 las autoridades acordaron asignarle a la nuestra como día de salida el Miércoles Santo, pero la hermandad recurrió esta decisión ante la Audiencia y logró salir el día que fijaban sus recién aprobadas reglas, el Jueves Santo. Al año siguiente sin embargo se sucedieron las cosas de otro modo bien diferente. El documento que hoy traemos aquí es precisamente un escrito elevado en 1819 al Teniente Primero del Asistente de la ciudad por el entonces Hermano Mayor, Manuel Camacho, que dice así:


Sevilla 6 de abril de 1819. Señor Teniente Primero.
Manuel Camacho, Hermano mayor de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de las Angustias, sita en el convento del Pópulo, con el debido respeto a Vuestra Señoría dice que habiéndosele señalado para hacer Estación en esta Semana Santa distinta tarde de la que previene su regla aprobada por el real consejo, ocurrió al real Acuerdo quien ha determinado que ejecute su Estación en la tarde del Jueves Santo y que dirija oficio a Vuestra Señoría para que en lo político gubernativo no se lo impida y siendo forzoso que Vuestra Señoría por su parte señale hora, y que de ello se le de certificación para hacerlo constar en el Provisorato a cuyo fin=
Suplica a V.S. sirva decretar uno y otro en merced que espera de su notoria justificación. X. Por el contenido y a su ruego. José Ramírez.

Al margen aparece escrito y rubricado:

Por lo que respecta a esta jurisdicción se señala la hora de las dos de la tarde del Jueves Santo. Lafuente.

En efecto una vez más en la toma de horas se pretendió postergar a aquella cofradía de castellanos nuevos al Miércoles Santo, e igual que el año anterior se planteó el correspondiente recurso ante la Audiencia, decidiendo el Oidor Semanero D. Juan Pedro de Morales que la cofradía debía salir el día que marcaban las reglas, ordenando al Teniente de Asistente que no pusiera impedimentos. Con la certificación de esta resolución en sus manos acudió como hemos visto Manuel Camacho ante el Teniente Primero de Asistente, D. Mariano Lafuente y Oquendo, que se atuvo a lo ordenado por la Audiencia (1). Hasta las diez y media de la noche de aquel Martes Santo no pudo presentarse en el palacio arzobispal la certificación, acompañada de un escrito en el que se instaba a la autoridad eclesiástica a "conceder la hora designada por el gobierno político o señalar la que tenga conveniente para la tarde del referido día, Jueves Santo".

A la una y media de la tarde del mismo Miércoles Santo el Sr. Provisor del Arzobispado concedió que se saliera el Jueves, mandando que se diera a la cofradía la correspondiente certificación, pero después cayó en la cuenta de que, si bien las nuevas reglas tenían la aprobación del Consejo de Castilla, no habían sido aún sometidas a la aprobación del ordinario, circunstancia que aprovechó para dictar otro auto ordenando que se retuviera la certificación en tanto no se presentaran las ordenanzas para su debida aprobación eclesiástica (2). Ante esta situación no hubo más remedio que salir sobre la marcha ese mismo Miércoles Santo, y ya una vez pasada la semana santa, el 29 de abril, se acudió a la Audiencia pidiendo una certificación que testimoniara su decisión. El 12 de mayo D. Félix José de Bormas, escribano de la Audiencia, así lo hizo, y el documento, por su importancia, fue insertado como anexo al libro de reglas.

Es difícil concebir hoy en día como con sólo unas horas para formar una cofradía y ponerla en la calle se conseguía en casos como éste. Es cierto que había muchísimos menos hermanos, el acompañamiento musical era más sencillo, no había dificultades para buscar "gallegos" que portaran los pasos, y el recorrido era mucho menor. La hermandad salía del convento del Pópulo, entraba a la ciudad por la puerta de Triana (3), tiraba por la calle San Pablo hasta la entonces llamada del Ángel, actual Rioja, y ya estaba en la Cruz de la Cerrajería, que marcaba en aquella época el inicio de la carrera oficial, pero aún así cabe imaginarse la de prisas que debieron de tomarse para realizar su estación de penitencia aquellos sufridos hermanos.

Recreación de la cofradía entrando a la ciudad por la puerta de Triana (Eduardo Dorado)


En la Semana Santa de 1820, meses después del pronunciamiento constitucionalista de Riego en las Cabezas de San Juan, se celebró de nuevo en la capilla de las Doncellas el tradicional cabildo de toma de horas, presidido por el anciano y astuto Provisor D. Fabián de Miranda, y el nuevo Alcalde D. Francisco Cavaleri. No compareció ninguna hermandad, ya que se negaron a salir por la publicación de un edicto en el que se ordenaba a los cofrades procesionar con el rostro descubierto, y esta vez, aunque no sirviera para nada, sí que se concedió hora a la corporación gitana para la tarde del Jueves Santo (4).



(1) José Bermejo en sus "Glorias Religiosas de Sevilla" parece que no terminó de enterarse de lo que finalmente sucedió, quizás porque indagó en los papeles de la Audiencia y se quedó en la decisión favorable de las autoridades políticas, dando por hecho que se consiguió salir el Jueves Santo y obviando todo lo que sucedió después en el palacio arzobispal, pero el expediente del archivo arzobispal es clarísimo al respecto.

(2) La excusa no dejaba de ser un ardid, por cuanto que, como ya se ha dicho, las antiguas reglas, que sí tenían la aprobación eclesiástica, también fijaban el Jueves Santo como día de la estación de penitencia.

(3) Las reglas fundacionales especificaban que la cofradía debía entrar a la ciudad por la puerta de Triana, mientras que saldría de ella por la del Arenal. La disposición se puso cuando la hermandad se constituía en Triana y se pensaba en cruzar el viejo puente de barcas, pero por la situación geográfica del convento del Pópulo valió también cuando la corporación se estableció allí.

 (4) "La Semana Santa y las cofradías de Sevilla de 1820 a 1823". Manuel Chaves Rey. Sevilla. 1895.




lunes, 1 de mayo de 2017

LA LEGIÓN EN SAN ROMÁN

En 1969, que se cumplían treinta años del fin de la guerra civil, las autoridades deseaban darle a lo que entonces se conocía como el desfile conmemorativo de la paz una especial relevancia, y para ello en Sevilla se quiso contar con el cuerpo militar más popular, con la Legión. El Ayuntamiento pretendía tambien rendir homenaje a la V Bandera del Tercio Duque de Alba, que había tenido gran protagonismo en todo cuanto aconteció en Sevilla durante los primeros días de la guerra civil, y al efecto regaló a dicha unidad una réplica del pendón de la ciudad.

En aquellos años sesenta, en los que tan de moda estaba que las cofradías hicieran hermanos de honor a personas e instituciones de relevancia social, a alguien de  nuestra Hermandad de los Gitanos se le debió de ocurrir conceder esta distinción a la unidad legionaria que visitaba esos días la ciudad (1). Hay que tener presente también el contexto de la época. Unos años antes, en 1966, con gran disgusto de la junta de gobierno, la Banda de la 2ª Comandancia Móvil de la Guardia Civil de Eritaña había dejado el acompañamiento musical de nuestra cofradía para tocar en Utrera, donde una hermandad había hecho a uno de sus mandos hermano mayor honorario (2). Tras unas estaciones de penitencia con bandas que no estuvieron a la altura de la agrupación de Eritaña, se pensó en la Legión como una alternativa que además llamaría muchísimo la atención en la madrugá sevillana, pero en lugar de otorgarle una distinción a una persona individual, se hizo colectivamente a los jefes, oficiales, suboficiales y caballeros legionarios de aquella V Bandera.

En aquel mismo domingo primero de junio que se celebró el desfile, ya por la tarde, una representación legionaria encabezada por el teniente coronel jefe accidental del Tercio Duque de Alba, D. Enrique León Gallo, se plantó en San Román para recoger el nombramiento, jurar las reglas y recibir la medalla de la corporación. El revuelo que se formó entre toda la chiquillería del barrio, que copaba la vieja parroquia, admirada ante aquellos marciales componentes del Tercio, fue monumental. El Señor estaba en el altar mayor para presidir los cultos eucarísticos que comenzaban esa semana, y hasta el púlpito fue tomado al asalto por la chavalería. Tras el acto marcharon hacia la Macarena, donde también se les agazajó (3).

La hermandad fue meses después invitada a asistir en Ceuta a los actos del cincuenta aniversario de la creación de la Legión, y en la Semana Santa siguiente los legionarios y su banda de cornetas y tambores volvieron a San Román para acompañar al Señor de la Salud en su estación de penitencia, dando escolta a los pasos una escuadra de gastadores durante todo el Jueves Santo. Finalmente aquella madrugá de 1970 se presentó lluviosa y nos quedamos sin saber como hubiera resultado ese insólito acompañamiento musical. De aquella jornada y de esa escolta legionaria existen unas conocidas fotos, pero hoy os quiero traer a estas páginas las que se tomaron aquel 1 de junio de 1969, en el que la desaparecida V Bandera del Tercio Duque de Alba, II de la Legión, juró nuestras viejas reglas. En el reportaje, realizado por el fotógrafo Valentín, podemos ver al teniente coronel Sr. León Gallo prestando el juramento ante el bueno de don Crescencio Moreno, cura párroco de San Román, a Manuel Moreno Serrano, hermano mayor en esos años, al teniente de alcalde del la ciudad D. Antonio Canela Morato, y a mi padre, de secretario con las reglas. Porta el estandarte Francisco Navarro Guerrero, al que acompañan con varas Antonio Lorente Garfia, Juan Antúnez Espada, Francisco Lobato Ricca, José Moreno Serrano y Antonio Moreno Bermúdez, padre de nuestro actual hermano mayor, y que ocuparía también dicho cargo años después de estas instantáneas. Al lado de la representación, Pepe el Sacristán y su sobrina, que tampoco quisieron perderse tan singular acto. En fin, todo un testimonio gráfico de otra hermandad y otra época.


 
 
 
 
 
 
 
 
 


(1) Ese mismo año de 1969, el Jueves Santo, había sido recibido también como hermano de honor el capitán general de la región, D. Manuel Chamorro Martínez, y en 1966 lo fue D. Benigno González, redactor de ABC y antiguo legionario.
(2) Actas de cabildos de oficiales celebrados el 13 de diciembre de 1965 y el 12 de enero de 1967.
(3) E diario ABC de Sevilla, en su edición de 3 de junio de 1969, pág.37, hace una crónica pormenorizada de ambos actos.