viernes, 1 de septiembre de 2017

DE SENTIMIENTO LLORABAN HOMBRES, MUJERES Y NIÑOS

Charlando después de los cultos hace unos viernes con un conocido hermano -con Pepe Vega, para más señas- comentábamos cómo a la hora de hablar o escribir sobre la historia de la hermandad, y muy particularmente de su fundación, casi siempre se ha recurrido a lo anecdótico -a la leyenda de María La Pajarita, por ejemplo- y se ha dejado atrás el ambiente en el que la cofradía nace a mediados del siglo XVIII, inmediatamente después de ese luctuoso episodio en la historia del pueblo gitano que se conoce como "la gran redada".

Es Joaquín Guichot (1) seguramente el cronista que mejor refiere lo sucedido en Sevilla en aquellos últimos días de julio y primeros de agosto de 1749, y cómo a las doce de la noche de aquel jueves 31 de julio, a manos de soldados de caballería e infantería llegados con órdenes secretas el día anterior, "...empezó así en esta Ciudad como en todas las poblaciones de España la prisión general de gitanos y gitanas, trayéndolos a las Cárceles, y matando al que se resistiese, como en efecto murieron en ésta, tres cerca de la Cartuja. Todas las puertas de la Ciudad estuvieron cerradas desde las doce de la noche hasta las seis y media de la mañana, y los Postigos hasta las 10; á cuya hora salió un bando con tres cajas, dos pínfanos y diez soldados á bayoneta calada, imponiendo la pena a toda clase de personas, de confiscación de bienes, en incurriendo en la inobediencia del rey y sus órdenes, á los que ocultasen á gitanos o gitanas, como al que no denunciase los gitanos que pudiesen haberse escapado (...) El míércoles 6 de Agosto, á las 6 de la tarde, sacaron de la Cárcel Real una collera de 180 gitanos, reatados en una cuerda, con el acompañamiento de soldados de caballería espada en mano, y de infantería con bayoneta calada, y tambor batiendo marcha, y los llevaron al embarcadero, poniéndolos en el barco de Cuadrado, y desde esta hora hasta después de Ánimas fueron llevando muchachos y hombres á dicho barco hasta el número de 292"

 
La antigua Puerta del Arenal vista por el pintor Jenaro Pérez Villamil

El destino de aquellos inocentes eran los trabajos forzados en el arsenal de la Carraca en la Isla de San Fernando, que por esas fechas se construía. A las mujeres y a los niños menores de doce años se los llevaron a Málaga para recluirlos en tristes y sucios hospicios y casas de misericordia.

Tales medidas crearon en el pueblo llano un sentimiento de comprensión y simpatía hacia los gitanos, y motivaron tal número de quejas que el Rey tuvo que dar marcha atrás sólo unos meses después. Así, el 28 de octubre del mismo año, dicta unas instrucciones en las que afirma que “se haya de repente con el dolor de ver perturbados sus piadosos propósitos con agravios de la justicia, sólo por el mal fundado concepto de sus ejecutores”, mandando que “permaneciendo en su fuerza la deliberación sobre el recogimiento y aprensión de aquellos gitanos que no habían vivido con observancia de las Reales Pragmáticas por haber faltado a alguno de sus capítulos, los demás en quienes se verificase el cumplimiento de ellas, sean puestos en libertad”. Esta libertad fue concedida sin embargo muy lentamente, conforme los reclusos eran reclamados desde sus ciudades y pueblos, y siempre que se acreditase la buena conducta a través de informes de sacerdotes u otros igualmente secretos. Catorce años después de tales medidas fueron liberados los últimos veintitrés gitanos sevillanos que quedaban en El Ferrol. A su regreso a Sevilla, según el mismo Guichot, fueron recluidos bajo vigilancia en el “Corral del Agua”, en el Compás de la Laguna, cercano al convento del Pópulo.  

El escritor D. Antonio Machado y Álvarez (2), padre de los poetas Antonio y Manuel, recoge en su “Colección de Cantes Flamencos” unos martinetes, en su opinión restos de un antiguo y perdido romance, que a nuestro parecer aluden inequívocamente a estos sucesos, a esa triste procesión de hombres maniatados que un día atravesó el arenal de Sevilla rumbo al río y a la gabarra que los llevaría a la Carraca. Con estos martinetes, restos perdidos de un auténtico romancero gitano, ilustramos para terminar esta entrada del blog, en homenaje a los que, tras tantos sufrimientos, fundaron en 1753, sólo cuatro años después de esta sinrazón, nuestra Hermandad de los Gitanos.




1. JOAQUÍN GUICHOT Y PARODY. Historia de la ciudad de Sevilla: desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, 8 vols., Sevilla: Establecimiento Tip. de Hijos de Fé. 1873-1892

2. ANTONIO MACHADO Y ÁLVAREZ. Colección de cantes flamencos recojidos y anotados por Demófilo, Sevilla: Imp. y Lit. de El Porvenir. 1881


martes, 1 de agosto de 2017

LA LEYENDA DE FORTUOSO

Se cuenta que allá por los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo frecuentaba el barrio de San Román y los alrededores de la Puerta Osario un gitano de mediana edad al que llamaban algunos Fortuoso y otros Fructuoso. Era persona de condición muy humilde, más aún que la sencilla gente del barrio. Se ganaba el buen hombre la vida vendiendo tabaco lavado que ofrecía en una caja, recurso éste de pobres y para pobres en aquellos años de escaseces y penurias. No pertenecía a ninguna de aquellas familias gitanas enraizadas en la collación, ni tampoco a las de la otra orilla del rio, a las del viejo arrabal y guarda. Nadie sabía sus apellidos, nadie lo conocía mucho, y ni siquiera se tenía constancia de si era realmente sevillano o venido de otros lares. Amable en el trato, aunque de carácter muy reservado, iba siempre solo, porque además los vecinos lo miraban con un respeto casi reverencial. Una circunstancia especial que en él recaía imponía esa consideración: Fortuoso, de tez cetrina y cerrada barba, era idéntico al Señor de la Salud, y la cosa no tenía mucha explicación. Se sabía que, años antes, Fernández Andes no había utilizado a ningún modelo a la hora de hacer a nuestro sagrado titular, y sólo se sirvió de viejas fotografías de la desaparecida imagen atribuida a Montes de Oca ¿Cómo se parecía ese hombre tanto al Señor?

Traigo a este blog la leyenda de Fortuoso porque conservo en casa un poema que escribió Manuel Rodríguez Rico (1943-2012), amigo de mi padre y persona muy devota del Señor de la Salud. Mi padre quiso incluirlo en un número del boletín de la hermandad, allá por los primeros años noventa, aunque finalmente no llegó a publicarse. Los versos son un retrato de aquella calle Sol, tan distinta a la actual, en la que se crió su autor, con un recuerdo señalado para las familias gitanas que la habitaban y especialmente para Manuel Bermúdez Vargas, hermano al que ya nombramos en estas páginas. Terminan con un emotivo final dedicado precisamente a Fortuoso.

Yo, como dice el poema, no nací tampoco en la calle Sol, aunque así conste en los archivos de la parroquia, porque para bautizarme en San Román recurrieron a decir que había nacido en la fragua de Manuel el Mellizo, en el número 114, y a pesar de que no conocí aquel ambiente, y ni mucho menos a Fortuoso, cada vez que lo he leído me ha emocionado. Aquí os lo dejo, esperando que os guste también.



sábado, 1 de julio de 2017

UN VIEJO PETITORIO Y SUS CURIOSOS ESCUDOS

Dice en 1882 D. José Bermejo refiriéndose a nuestra hermandad que, "aunque la mayoría de sus individuos es pobre, son en las póstulas más afortunados que los de otras; y mediante ese recurso y algún celo podrían sufragar los gastos de la estación". Se refiere el cronista a las cuestaciones que las cofradías realizaban para conseguir financiar los gastos de la salida procesional. La subvención municipal ayudaba, pero ni siquiera sumado el importe de las papeletas de sitio era bastante para afrontar la multitud de gastos que ocasionaban el quinario, la función principal y sobre todo la estación de penitencia, así que se recurría a la generosidad de las gentes del barrio, y sobre todo de los pequeños comerciantes e industriales, para que en los días grandes todo estuviera a la altura de las circunstancias (1).

Altar de un quinario en la recién reconstruida parroquia de San Román a principios de los cincuenta.

El documento que hoy traemos a estas páginas es uno de estos petitorios, una circular impresa por D. Francisco Vera Mármol en su taller de la plaza de la Europa (2). Pertenece a una tirada realizada para el quinario de 1951 de la que parece que sobraron copias, y la mayordomía, dirigida entonces por el inefable Joselito Lérida y Vargas, recurrió a colocar hábilmente un tres manuscrito sobre el número del año para aprovecharlas en 1953.


Llaman también poderosamente la atención los escudos de la corporación. Tanto el impreso en el membrete del propio petitorio, de tipo francés, que es el mismo que figura en las viejas hojillas de inscripción de los años cuarenta, como el que aparece en el estampado con el sello de caucho, aún más antiguo y sencillo, con sólo el corazón agustino bajo el capelo arzobispal.

Del primero confieso que desde la primera vez que lo ví en las antiguas hojillas del pasivo de hermanos me pregunté sobre el significado heráldico del elemento vertical que figura entre los dos óvalos con el corazón y el escudo castellano ¿era la stipes de una cruz patada? En los antiguos paños de bocina que se conservaban en la priostía aparecía también una especie de cruz de San Juan. Con el tiempo este símbolo se sustituiría en nuestro escudo por la cruz arzobispal, y después por un viril, aludiendo al carácter sacramental de la corporación ¿pero qué era aquello?




Observando viejas fotos creo haberle encontrado una explicación. Cuando se adquiere el palio que había pertenecido a la Virgen del Rosario de la hermandad de Montesión se modifica el escudo que figuraba en el mismo, adaptándolo a la heráldica propia de nuestra hermandad, pero hay un espacio vacío entre el bordado de Rodríguez Ojeda que tiene la misma forma, y que de una manera o de otra, alguien tomó prestado para nuestro escudo sin mucho fundamento.

El antiguo palio de Montesión con su configuración original


El mismo palio, reformado por el propio Rodríguez Ojeda, cobijando a la antigua Virgen de las Angustias.

En cuanto al escudo sellado abajo de la circular con un tampón, contiene un detalle que puede pasar desapercibido, y es que se intitula a la Santísima Virgen como "Nuestra Señora de las Angustias". Me trae a la memoria esto a hermanos de otros tiempos, que cuando se referían en la intimidad a Ella no se permitían más familiaridad que llamarla "La Señora". Es como hemos dicho éste un escudo más antiguo que el anterior, probablemente de principios del siglo XX, pero que como vemos se seguía usando aún en los años cincuenta.

Adquirí esta circular en una página de coleccionismo (3), y como no recuerdo que se conservara ningún ejemplar de estos petitorios en el archivo de la secretaría (quizás sí haya alguno en el de la mayordomía), tengo intención de entregarla a la hermandad, pero antes he querido compartirla con ustedes, los lectores de este blog, por sus muchas curiosidades históricas. Esperemos que haya sido de vuestro agrado.



(1) El periodista Gil Gómez Bajuelo, en un artículo publicado en el diario ABC el 17 de marzo de 1951, estimaba en una cantidad cercana al millón y medio de pesetas lo que en aquella época suponía sacar a una cofradía a la calle.


(2) Gran benefactor de la cofradía, al impresor D. Francisco Vera Mármol se le concedió el título de Hermano Mayor Honorario.

(3) La adqurí concretamente en el portal "Todocolección" a D. Javier de la Torre León, conjuntamente con una convocatoria de mano para los cultos cuaresmales de 1953 de la que ya hablamos en el blog.

jueves, 1 de junio de 2017

UN APRESURADO MIÉRCOLES SANTO EN EL PÓPULO

Es sabido que tanto las reglas fundacionales de 1753, como las aprobadas por el Consejo de Castilla en 1818, mandaban a la Hermandad de los Gitanos realizar su estación de penitencia en la tarde del Jueves Santo. Pero no fueron pocas las ocasiones en que esto no se pudo verificar así, viéndose la corporación obligada a tener que realizarla en la tarde del miércoles de nuestra semana grande. José Bermejo, en sus "Glorias Religiosas de Sevilla", cuenta como tuvo que salir en Miércoles Santo en 1758, 1759, 1761, 1763 y 1766. Lo hizo el Jueves en 1767, volvió al Miércoles en 1768 y 1770, de nuevo el Jueves en 1775, y en Miércoles en 1777 y 1783.

Reorganizada la cofradía tras la Guerra de la Independencia, vuelve a plantearse el mismo problema. Habría que aclarar que en aquella época el cabildo de toma de horas se celebraba en la capilla de las Doncellas de la Catedral el mismo Martes Santo, donde ante el Provisor y Vicario General del Arzobispado y el Asistente de la ciudad o alguno de sus tenientes, se señalaba el día y la hora que correspondía a cada cofradía. En 1818 las autoridades acordaron asignarle a la nuestra como día de salida el Miércoles Santo, pero la hermandad recurrió esta decisión ante la Audiencia y logró salir el día que fijaban sus recién aprobadas reglas, el Jueves Santo. Al año siguiente sin embargo se sucedieron las cosas de otro modo bien diferente. El documento que hoy traemos aquí es precisamente un escrito elevado en 1819 al Teniente Primero del Asistente de la ciudad por el entonces Hermano Mayor, Manuel Camacho, que dice así:


Sevilla 6 de abril de 1819. Señor Teniente Primero.
Manuel Camacho, Hermano mayor de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de las Angustias, sita en el convento del Pópulo, con el debido respeto a Vuestra Señoría dice que habiéndosele señalado para hacer Estación en esta Semana Santa distinta tarde de la que previene su regla aprobada por el real consejo, ocurrió al real Acuerdo quien ha determinado que ejecute su Estación en la tarde del Jueves Santo y que dirija oficio a Vuestra Señoría para que en lo político gubernativo no se lo impida y siendo forzoso que Vuestra Señoría por su parte señale hora, y que de ello se le de certificación para hacerlo constar en el Provisorato a cuyo fin=
Suplica a V.S. sirva decretar uno y otro en merced que espera de su notoria justificación. X. Por el contenido y a su ruego. José Ramírez.

Al margen aparece escrito y rubricado:

Por lo que respecta a esta jurisdicción se señala la hora de las dos de la tarde del Jueves Santo. Lafuente.

En efecto una vez más en la toma de horas se pretendió postergar a aquella cofradía de castellanos nuevos al Miércoles Santo, e igual que el año anterior se planteó el correspondiente recurso ante la Audiencia, decidiendo el Oidor Semanero D. Juan Pedro de Morales que la cofradía debía salir el día que marcaban las reglas, ordenando al Teniente de Asistente que no pusiera impedimentos. Con la certificación de esta resolución en sus manos acudió como hemos visto Manuel Camacho ante el Teniente Primero de Asistente, D. Mariano Lafuente y Oquendo, que se atuvo a lo ordenado por la Audiencia (1). Hasta las diez y media de la noche de aquel Martes Santo no pudo presentarse en el palacio arzobispal la certificación, acompañada de un escrito en el que se instaba a la autoridad eclesiástica a "conceder la hora designada por el gobierno político o señalar la que tenga conveniente para la tarde del referido día, Jueves Santo".

A la una y media de la tarde del mismo Miércoles Santo el Sr. Provisor del Arzobispado concedió que se saliera el Jueves, mandando que se diera a la cofradía la correspondiente certificación, pero después cayó en la cuenta de que, si bien las nuevas reglas tenían la aprobación del Consejo de Castilla, no habían sido aún sometidas a la aprobación del ordinario, circunstancia que aprovechó para dictar otro auto ordenando que se retuviera la certificación en tanto no se presentaran las ordenanzas para su debida aprobación eclesiástica (2). Ante esta situación no hubo más remedio que salir sobre la marcha ese mismo Miércoles Santo, y ya una vez pasada la semana santa, el 29 de abril, se acudió a la Audiencia pidiendo una certificación que testimoniara su decisión. El 12 de mayo D. Félix José de Bormas, escribano de la Audiencia, así lo hizo, y el documento, por su importancia, fue insertado como anexo al libro de reglas.

Es difícil concebir hoy en día como con sólo unas horas para formar una cofradía y ponerla en la calle se conseguía en casos como éste. Es cierto que había muchísimos menos hermanos, el acompañamiento musical era más sencillo, no había dificultades para buscar "gallegos" que portaran los pasos, y el recorrido era mucho menor. La hermandad salía del convento del Pópulo, entraba a la ciudad por la puerta de Triana (3), tiraba por la calle San Pablo hasta la entonces llamada del Ángel, actual Rioja, y ya estaba en la Cruz de la Cerrajería, que marcaba en aquella época el inicio de la carrera oficial, pero aún así cabe imaginarse la de prisas que debieron de tomarse para realizar su estación de penitencia aquellos sufridos hermanos.

Recreación de la cofradía entrando a la ciudad por la puerta de Triana (Eduardo Dorado)


En la Semana Santa de 1820, meses después del pronunciamiento constitucionalista de Riego en las Cabezas de San Juan, se celebró de nuevo en la capilla de las Doncellas el tradicional cabildo de toma de horas, presidido por el anciano y astuto Provisor D. Fabián de Miranda, y el nuevo Alcalde D. Francisco Cavaleri. No compareció ninguna hermandad, ya que se negaron a salir por la publicación de un edicto en el que se ordenaba a los cofrades procesionar con el rostro descubierto, y esta vez, aunque no sirviera para nada, sí que se concedió hora a la corporación gitana para la tarde del Jueves Santo (4).



(1) José Bermejo en sus "Glorias Religiosas de Sevilla" parece que no terminó de enterarse de lo que finalmente sucedió, quizás porque indagó en los papeles de la Audiencia y se quedó en la decisión favorable de las autoridades políticas, dando por hecho que se consiguió salir el Jueves Santo y obviando todo lo que sucedió después en el palacio arzobispal, pero el expediente del archivo arzobispal es clarísimo al respecto.

(2) La excusa no dejaba de ser un ardid, por cuanto que, como ya se ha dicho, las antiguas reglas, que sí tenían la aprobación eclesiástica, también fijaban el Jueves Santo como día de la estación de penitencia.

(3) Las reglas fundacionales especificaban que la cofradía debía entrar a la ciudad por la puerta de Triana, mientras que saldría de ella por la del Arenal. La disposición se puso cuando la hermandad se constituía en Triana y se pensaba en cruzar el viejo puente de barcas, pero por la situación geográfica del convento del Pópulo valió también cuando la corporación se estableció allí.

 (4) "La Semana Santa y las cofradías de Sevilla de 1820 a 1823". Manuel Chaves Rey. Sevilla. 1895.




lunes, 1 de mayo de 2017

LA LEGIÓN EN SAN ROMÁN

En 1969, que se cumplían treinta años del fin de la guerra civil, las autoridades deseaban darle a lo que entonces se conocía como el desfile conmemorativo de la paz una especial relevancia, y para ello en Sevilla se quiso contar con el cuerpo militar más popular, con la Legión. El Ayuntamiento pretendía tambien rendir homenaje a la V Bandera del Tercio Duque de Alba, que había tenido gran protagonismo en todo cuanto aconteció en Sevilla durante los primeros días de la guerra civil, y al efecto regaló a dicha unidad una réplica del pendón de la ciudad.

En aquellos años sesenta, en los que tan de moda estaba que las cofradías hicieran hermanos de honor a personas e instituciones de relevancia social, a alguien de  nuestra Hermandad de los Gitanos se le debió de ocurrir conceder esta distinción a la unidad legionaria que visitaba esos días la ciudad (1). Hay que tener presente también el contexto de la época. Unos años antes, en 1966, con gran disgusto de la junta de gobierno, la Banda de la 2ª Comandancia Móvil de la Guardia Civil de Eritaña había dejado el acompañamiento musical de nuestra cofradía para tocar en Utrera, donde una hermandad había hecho a uno de sus mandos hermano mayor honorario (2). Tras unas estaciones de penitencia con bandas que no estuvieron a la altura de la agrupación de Eritaña, se pensó en la Legión como una alternativa que además llamaría muchísimo la atención en la madrugá sevillana, pero en lugar de otorgarle una distinción a una persona individual, se hizo colectivamente a los jefes, oficiales, suboficiales y caballeros legionarios de aquella V Bandera.

En aquel mismo domingo primero de junio que se celebró el desfile, ya por la tarde, una representación legionaria encabezada por el teniente coronel jefe accidental del Tercio Duque de Alba, D. Enrique León Gallo, se plantó en San Román para recoger el nombramiento, jurar las reglas y recibir la medalla de la corporación. El revuelo que se formó entre toda la chiquillería del barrio, que copaba la vieja parroquia, admirada ante aquellos marciales componentes del Tercio, fue monumental. El Señor estaba en el altar mayor para presidir los cultos eucarísticos que comenzaban esa semana, y hasta el púlpito fue tomado al asalto por la chavalería. Tras el acto marcharon hacia la Macarena, donde también se les agazajó (3).

La hermandad fue meses después invitada a asistir en Ceuta a los actos del cincuenta aniversario de la creación de la Legión, y en la Semana Santa siguiente los legionarios y su banda de cornetas y tambores volvieron a San Román para acompañar al Señor de la Salud en su estación de penitencia, dando escolta a los pasos una escuadra de gastadores durante todo el Jueves Santo. Finalmente aquella madrugá de 1970 se presentó lluviosa y nos quedamos sin saber como hubiera resultado ese insólito acompañamiento musical. De aquella jornada y de esa escolta legionaria existen unas conocidas fotos, pero hoy os quiero traer a estas páginas las que se tomaron aquel 1 de junio de 1969, en el que la desaparecida V Bandera del Tercio Duque de Alba, II de la Legión, juró nuestras viejas reglas. En el reportaje, realizado por el fotógrafo Valentín, podemos ver al teniente coronel Sr. León Gallo prestando el juramento ante el bueno de don Crescencio Moreno, cura párroco de San Román, a Manuel Moreno Serrano, hermano mayor en esos años, al teniente de alcalde del la ciudad D. Antonio Canela Morato, y a mi padre, de secretario con las reglas. Porta el estandarte Francisco Navarro Guerrero, al que acompañan con varas Antonio Lorente Garfia, Juan Antúnez Espada, Francisco Lobato Ricca, José Moreno Serrano y Antonio Moreno Bermúdez, padre de nuestro actual hermano mayor, y que ocuparía también dicho cargo años después de estas instantáneas. Al lado de la representación, Pepe el Sacristán y su sobrina, que tampoco quisieron perderse tan singular acto. En fin, todo un testimonio gráfico de otra hermandad y otra época.


 
 
 
 
 
 
 
 
 


(1) Ese mismo año de 1969, el Jueves Santo, había sido recibido también como hermano de honor el capitán general de la región, D. Manuel Chamorro Martínez, y en 1966 lo fue D. Benigno González, redactor de ABC y antiguo legionario.
(2) Actas de cabildos de oficiales celebrados el 13 de diciembre de 1965 y el 12 de enero de 1967.
(3) E diario ABC de Sevilla, en su edición de 3 de junio de 1969, pág.37, hace una crónica pormenorizada de ambos actos.

sábado, 1 de abril de 2017

MUÑOZ Y PABÓN, DE MADRUGADA



Hay una especie de racismo, pretendidamente más amable, que se manifiesta en el tono condescendiente, en el chiste o la supuesta gracieta a costa del que es diferente. Es el que observamos en algunas películas americanas, donde con frecuencia el negro es el personaje cómico a ridiculizar. La etnia gitana también lo ha sufrido en nuestro país, e incluso cabe decir, por lo que vemos en algunos programas de televisión, que lo sigue sufriendo.

La Hermandad de los Gitanos tampoco se ha salvado de ese trato injusto. Me acuerdo siempre al respecto de una anécdota que contaba mi padre ocurrida allá por los años sesenta, una mañana de Jueves Santo en San Román. Unas señoras muy encopetadas observaban de cerca el paso de la Santísima Virgen, ya montado para su salida, y parecían reírse mucho. Mi padre, que las observaba, se acercó a escuchar que les parecía tan chistoso.

- Mira que graciosos los gitanitos –le decía una a otra- ¡El golpe de lazo rojo que le han puesto a la Virgen en el pecherín! ¿Y eso dorado que cuelga del lazo? ¿Lo habrán sacado del serrín? –decía la buena señora refiriéndose con esto a las baratijas que se sacaban en la feria escondidas entre serrín como una atracción más.

- Estará usted tomándole el pelo a su amiga ¿no, señora? Usted, con su categoría, no puede desconocer que eso no viene del serrín, que es el Toisón de Oro del difunto señor Duque de Alba –terció mi padre en la conversación sin poder callarse más.

Viene todo esto a cuento de que hoy vamos a colgar aquí un artículo periodístico de Muñoz y Pabón que no agradó mucho en la Hermandad, precisamente por emplear ese tono del que venimos hablando.

El canónigo y escritor D. Juan Francisco Muñoz y Pabón (Hinojos, 1866 - Sevilla, 1920),  publicó una serie de relatos en el periódico madrileño El Debate, que luego recogió en un libro titulado “En el Cielo de la Tierra” (1918). Una de estas “siluetas”, como él las denominaba, la dedicó a la Hermandad de Los Gitanos, y en ella, con un costumbrismo exagerado, lleno de tópicos y rayano en el clasismo, pretendió retratar un cabildo de la cofradía, precisamente aquel en el que se acordaba la primera salida procesional desde San Román, tras décadas sin que la corporación pudiera realizarla. Cuenta el cánonigo que había tenido conocimiento de dicha reunión a través de su sobrino, el también sacerdote D. Antonio Ruiz de Vargas y Muñoz, Párroco de San Román y Santa Catalina, aunque éste ocupó dicho cargo con posterioridad a 1891, que es cuando se debió de celebrar este cabildo de salida. La “silueta” tiene pues poca verosimilitud histórica y habría que entender esta referencia como una licencia literaria. Después de todo Muñoz y Pabón utiliza todos los recursos posibles para hacer su gracia, parodiando a aquellos hermanos en sus expresiones y utilizando un tono de superioridad para nada apropiado, pero que supongo que sería muy del gusto de la buena sociedad de la época con la que el canónigo se relacionaba y a la que parece que se dirige.


Juan Francisco Muñoz y Pabón



Sí que cuenta después un suceso acontecido a las puertas de la catedral que parece que efectivamente ocurrió, y que tuvo como protagonista a D. Jerónimo Álvarez Troya, el Provisor del arzobispado, tío del cofrade del Calvario D. Jerónimo Gil Álvarez, que tanto tuvieron que ver en el orden procesional de la madrugada sevillana. Resulta paradójico que la persona responsable de que la cofradía ocupara contra todo derecho el último lugar en la nómina, fuera precisamente la que pretendiera negarle el acceso a la catedral por llegar tarde. Al paso que vamos, y con el retraso en los horarios de la madrugada, no sería extraño que la escena se volviera a repetir.

Me he pensado mucho si cabía colgar este artículo en este blog dedicado a la historia de la Hermandad. El Boletín de las Cofradías de Sevilla lo publicó en su número de Diciembre de 1964, y las personas que entonces llevaban el gobierno de la Hermandad –entre ellos mi padre- se lo tomaron muy malamente, dirigiendo un escrito de quejas a su Director, que en el número siguiente se retractaba publicando otro artículo titulado “La verdad sobre los gitanos”.

Como hay que ser justo, y no cabe tampoco juzgar con una mentalidad actual las de otras épocas, en descargo de Muñoz y Pabón cabría decir que defendió con su pluma que el funeral de Joselito el Gallo se celebrara en la catedral, en contra de una parte de esa buena sociedad de la que hemos hablado, escandalizada por el hecho de que un torero, y encima gitano, recibiera a su muerte tales honores.

Aquí queda pues la silueta de Muñoz y Pabón, aunque sólo sea como ejemplo de ese tratamiento injusto que tantas veces ha recibido la Hermandad y sobre todo las personas componentes de la etnia que la fundó.

 
De Madrugada

- Hace frío, ¿verdad?
- Me parece que las tres de la madrugada no es hora como para coger ninguna insolación... Embózate bien, y vayámonos hacia la Catedral, y nos encontraremos dentro de ella con la Cofradía del Silencio; de seguida la del Gran Poder, luego la de la Macarena; detrás la del Calvario; la de las Tres Caídas, de San Jacinto, y por finiquito y remate la de los Gitanos, de San Román.
- Pero... ¿hay una Cofradía de gitanos?
- ¿Y por qué no? ¿No son hijos de Dios, como nosotros? ¡Que le toque un "castellano", como ellos nos llaman, a su Cristo de la Salud...! Ese es de ellos y para ellos; así los de la barriada de la Puerta Osario, como los de las Lumbreras de San Lorenzo, de la Cava de Triana..., ¡de dondequiera que haya un gitano neto, un "cañí ligítimo"!, viene un cofrade fervorosísimo -claro está, a su manera- del Santísimo Cristo de la Salud.
No les exijamos a los pobrecitos la corrección de formas, ni la piedad ilustrada de las Cofradías del centro de la ciudad, donde está todo lo más piadoso, con todo lo leído y escribido, lo aristocrático y lo "crema" de la población. Contentémonos con su fe ciega en "su Señó" y su amor en "su Vige".
Un Cabildo, que me contó mi sobrino, el párroco de San Román:
Reunidos los cofrades -no tienen libro de cuentas ni de actas... ¡nada!- el que hace de caporal, un gitano patriarca, grande como un profeta de los del monumento, negro como el hollín de su herrería y con la voz cascada y aguardentosa, ha tomado la palabra, para decir al compacto concurso, que se rasca la cabeza destocada, o le da una chupada a la colilla:
-¡Conque ustede diréi qué jacemo con ese hombre! ("Ese hombre" es el Jesús Nazareno, que desde luego no es considerado como "una mera imagen", desde que se le da el dictado de "ese hombre").
-¡¡Probecito!!, -sigue diciendo, con la voz entrecortada por la emoción.
-¡Una jarapá de año, sin vé la calle...! (¡La falta que le hará al Santo Cristo ver la calle!).
-De modo que era semenesté que mos echáramo un jierro en la cara, si era semenesté, y lo echáramo ogaño a la calle ar probecito… (Se conmueve, y llora).
(Varias voces al unísono):
-¡Mu bien que ha estao!
-¡Cabá!
-¡Prefetamente!
-¡Chipé!
-¡Mu regulá!
-Pero la cosa es -prosigue el orador- que no tenemos ¡naíta del mundo…! La Vige ¡sin tené que ponerse la probecita! Er manto tó espintao, ¡y no arrecuerga, ni ná!... ¡Y alospué la tapaera que se pone por encima, toa llena de bujeros…!
A lo que otro cofrade, procedente de la calle Conde Negro, salta y dice:
-Y tú, que tan güen bailaó has sío siempre, ¿no has oío la copla de siguirilla: Con un pañuelo branco que yo me pongo, titas las e mi barrio las abandono…? Po una Vige, como la nuestra no es semenesté ni güenos mantos, ni naíta en er mundo de lo que Dios crió... ¡Con subirse en er paso se las come a toas...! ¡Pero a toítas!
(Varias voces):
-¡Y que lo diga!
-¡Ajajá!
-¡Prefetamente!
-Entonce -pregunta el preopinante-, ¿salemo u no salemo... ?
(Todos).
-¡Que si salemo? iVaiga que si salemos! ¡Tuviá que vé!
Y salieron, y saliendo continúan, habiendo conseguido en pocos años y a fuerza de sacrificios inauditos –sacrificios que sólo explican la fe y el amor- sacar dos pasos decorosísimos, que no desdicen de las celebérrimas Cofradías de madrugada. Ya los verás.
Y nos sentamos en sendas sillas al pie del monumento.
-Por cierto que un año, en que llegaron a la Catedral, cuando iba ya a empezar el sermón de Pasión que se predica ahí en ese púlpito a las siete de la mañana, el Arcipreste entonces de la Catedral y Provisor del Arzobispado, D. Jerónimo Alvarez Troya, el hombre más cejijunto y áspero de carácter, al par que más hermoso de corazón y más cofradiero, por añadidura, que imaginarte puedas, salió a la puerta de San Miguel a atajarles el paso. Iba a empezar el sermón y el Cabildo tenía prohibida la entrada de Cofradías a aquella hora. ¡Lo sentía muchísmo!, pero no podía ser.
-Entonce, pare cura e mi arma, ¿mos vamo a queá sin vé er monumento y ¡sin que lo vea er Señó?
-¡Qué quiere usted...! ¡Han llegado tan tarde...!
-Pero si ha sío por mó de que se mos ha rompío un candelauro, y himos tenío que entablillarle un brazo como a una persona, anque en mala comparación ¡lo cuá que es emprestao, misté qué dijusto, sin comerlo ni beberlo!, y himos tenío que está parao mú cerquita de una hora en la Campana. ..! ¡Si no himos podío, santo señó!
-Pues es imposible!
-Es que si hay que pagá argo, ¡Se paga, y santas pascua!
-¡Qué pagar, ni pagar...! Es que el Cabildo lo tiene prohibido, y los acuerdos capitulares hay que cumplirlos, caiga el que caiga.
-¿De moo que no?
- ¡No,señor!... 
El gitano dió media vuelta. y con la voz entrecortada por el llanto y el antifaz del capirote mojado en lágrimas, se dirigió a la Sagrada Imagen, para decirle con un dolor sin medida:
- ¡Ay Parecito de mi arma…! ¡¡Qué esgraciaito ere…!! ¡¡Que ni en tu casa te admiten!!
Aquel lamento del alma, donde iba toda la fe y todo el amor y hasta toda la compasión hacia Jesucristo, que cabe en el corazón de un redimido, fue un mordisco en las entrañas de caridad del bueno de D. Jerónimo. Y, sorbiéndose las lágrimas en que los ojos se le arrasaron, y "haciendo más pucheros" que en Triana, cogió a nuestro gitano por el brazo, y díjole en un arranque de los suyos:
-¡Pase usted, amigo…! Pero volando, que va a empezar el sermón...
¡Dime si no es tan respetable la Cofradía de los Gitanos, que creen y aman, como las de los que hacen lo mismo, sólo con buenas formas…!

                                                                                Juan F. Muñoz y Pabón


Una curiosa postal de una entrada de la cofradía en San Román a principios del siglo XX, con las puertas del templo aún cerradas ¿Se habría quedado dormido el sobrino de Muñoz y Pabón?


miércoles, 1 de marzo de 2017

EL DESAPARECIDO MANTO VERDE

Hace unos meses, recordando a Manolito Bermúdez, mencionamos el manto verde que un grupo de hermanos regaló a nuestra Bendita Titular allá por 1962. He encontrado en el archivo de mi padre unas cuentas que se enviaron a cada uno de los donantes y que nos aclaran como fue realizada la prenda.

Era intención de los donantes que la Virgen tuviera un manto de camarín que completara su entonces escaso ajuar, y se pensó que debía de ser verde, color que la liturgia reserva al tiempo ordinario. A tal efecto se compró el terciopelo en los almacenes Ferbu de la calle Cuna, al precio de 1.770 pesetas. Los forros se adquirieron en los Almacenes Ciudad de Sevilla de la calle Álvarez Quintero, por 420 pesetas, y también dos comercios sevillanos tan tradicionales como Cordonería Alba y Casa Rodríguez, de la calle Francos, tuvieron su parte en la obra, vendiendo el material de bordado a 725 y 1.572 pesetas respectivamente.

Para el diseño se contó con la colaboración del imaginero José Paz Vélez, que cuantificó su dibujo del bordado en  500 pesetas, que no quiso cobrar, y algo similar ocurrió con  Dolores Pérez Tascones, "Lolita la Bordadora", como era conocida en el seno de las cofradías, que tampoco quiso tomar las 2.500 pesetas en que se valoró su trabajo, y sólo aceptó las 199,50 pesetas que se había gastado en los "avíos".

En cuanto a la confección del manto en sí, en los papeles aparece el nombre del entonces prioste y vestidor de la Virgen, Juan Miguel Ortega Ezpeleta, años después hermano mayor, que donó el importe de los trabajos de costura: 400 pesetas. De su trabajo y del de su madre, pués aquella venerable gitana que se llamó María Ezpeleta Moreno, que parió a dos hermanos mayores de nuestra hermandad, también echó sus horitas con la aguja y el hilo.

El manto se estrenó el 30 de Diciembre de 1962, en el Triduo que entonces se celebraba previo al Besamanos del dia de año nuevo, y que ese año se realizó excepcionalmente en el altar mayor de San Román y además duró dos días.

Besamanos en San Román de María Santísima de las Angustias el 1 de Enero de 1963.
Nuestra Señora con el Evangelista presidiendo el retablo de la capilla en San Román. 1982.
Quinario de 1992


Lamentablemente este manto no se conservó como tenía que haber quedado, como reliquia de otros tiempos, y primero se quiso enriquecer en los años noventa, añadiéndosele unos bordados de Fernández y Enríquez, y después se desbarató a principios de este siglo para aprovechar parte de su guardilla en uno nuevo de color azul cobalto. Precisamente el que la Virgen está usando estos días. Posteriormente Ortega Ezpeleta, en un nuevo mandato, trató de arreglar el desaguisado encargando al taller de Brenes otro manto verde con grandes bordados que ya nada tenía que ver con éste del que hablamos.

De todos modos, muchos recordaremos siempre a la Virgen vestida así en nuestra infancia, con aquel humilde manto que le regalaron aquellos devotos hermanos, en su mayoría ya fallecidos.