martes, 8 de septiembre de 2026

DE PADRES A HIJOS

Comienza un nuevo curso cofrade con la festividad de la Natividad de la Virgen y deberíamos empezar en este blog por pedir disculpas a nuestros más fieles seguidores. Durante ya casi once años creo que no habíamos faltado a nuestra entrada mensual cada primero de mes, y sin embargo el pasado agosto lo hicimos, pero es que a finales de julio sucedió algo que nos dejó conmocionados tanto a Juan Carlos Vázquez como a mí. Falleció nuestro hermano Juan Antúnez Garrido.

Conocía a Juan desde que éramos dos niños. Él era hijo de mi padrino, Juan Antúnez Espada, mayordomo de la hermandad en distintas juntas, y nieto del recordado Paco Antúnez, hermano mayor en las gestoras de los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo (1). Yo solía decirle bromeando:

- Juani, si el hijo de mi padre es mi hermano, el hijo de mi padrino debe ser mi "hermanino" ¡Así que tú eres mi hermanino!


Juan Antúnez de chiquillo en una entrada en San Román hace más de medio siglo.


Aquella hermandad familiar de los años sesenta y setenta era muy distinta a esta de hoy en día. Su padre mayordomo y el mío secretario en aquellas juntas de Manolo Moreno, a pesar de los seis años que nos llevábamos teníamos que juntarnos casi por necesidad. Se cerraba tras algún culto la parroquia de San Román y nuestros padres pasaban a aquella secretaría pequeñita que había tras de la capilla, a celebrar cabildo o para alguna reunión informal en la que tratar de la marcha de la hermandad. Su madre Rosario y la mía, con las demás señoras de los oficiales, se quedaban sentadas en los bancos, conversando de sus cosas, y aquel era el momento de los chiquillos. Teníamos todo un mundo mágico que explorar. Cierro los ojos y me veo en San Román con Juan en aquellos años, subiéndonos al púlpito, tratando de que no nos vieran y riñeran nuestras madres, o buscando el órgano que un rato antes había hecho sonar Antonio el Sacristán. Lo encontrábamos, tocábamos las teclas, pero aquello no funcionaba ¿Cómo conseguía Antonio hacer música con aquella cosa? ¡Ah, qué tiene un pedal! Por supuesto que, si nos descubrían Antonio o Pepe, los sacristanes, nos llevábamos la bronca:

- ¡Sois unos demonios de niños! ¡Os voy a encerrar en la torre con los buitres, por malos!

Tardé años en descubrir que tras aquella puertecita de la nave del evangelio que daba a la torre, y que yo miraba con un temor casi reverencial, no hubo en la vida buitres. El caso es que por esa pequeña diferencia de edad de la que antes hablábamos, yo miraba a mi Juani como un modelo a seguir. Él era un niño grande, y yo quería también crecer. Si en San Román hubiera habido un pozo y Juani me hubiera propuesto meternos en él, allí que habríamos acabado chorreando.


Juan Antúnez, con su varita, rodeado de un grupo
de jóvenes hermanos delante del paso del Señor.

Desaparecida la generación de nuestros mayores, la que nosotros considerábamos entonces "la hermandad", mi Juan era de lo poco que me quedaba hoy en día de esos tiempos, así que podréis haceros una idea de cuanto he sentido su pérdida, y por qué no quise escribir nada el pasado mes. Pensando dias atrás en él, me puse a rebuscar papeles del archivo de mi padre. Me acordé que Juan me contaba que el primer año que salió de nazareno dejaron a él y a otros chiquillos a cargo de Manolito Bermúdez, otro hermano muy querido de aquellos años (2). Traté de buscarlo en las viejas copias a carbón de los cuadrantes, pero un chiquillo con varita propia no aparecía entonces en los listados. Sí que he encontrado el del primer año que mi Juan sacó un cirio: 1971, con doce primaveras. Entonces había que esperar hasta esos doce o catorce años para que te dieran tu primer cirio, y la verdad es que todos estábamos deseando ansiosamente que llegara ese día de dejar la varita y tomar un cirio por primera vez. Ahí sí que lo vemos en el último de los cuatro tramos que tenía entonces el paso de Cristo. Era en en esas fechas el hermano número 62 de la lista gitana, y salió con el cirio número 160 de los 168 que ese año acompañaron al Señor. 


Cuarto y último tramo de Cristo en el cuadrante de 1971.

Los guiones que aparecen junto a cada nombre los colocaba mi padre en esa copia del cuadrante el Sábado Santo. En aquel 1971 eramos demasiado pequeños y no sabiamos ni leer, pero años más tarde nos llevaba a mi hermano y a mí, que íbamos sacando los cirios de los carros y cantando sus números como niños de San Ildefonso, mientras él punteaba si cada hermano había entregado o no su cirio a la entrada de la cofradía, que costaban un dinero y había que devolverle al cerero lo cera no gastada. Quien se lo había llevado a su casa recibía su carta reclamándoselo, aunque aquí en este último tramo vemos que no faltó ni uno.


Juan en la plaza de San Marcos una mañana de Viernes Santo.

En fin, otros tiempos que ya no volverán. Juan ha salido de nazareno hasta este último año, con su cirio morado, en lo que él llamaba "la guardia pretoriana del Señor". Al contrario que su abuelo, que su padre, que su hermano Paco, Juan no fue nunca miembro de junta, pero pocos habrán querido al Señor de la Salud como lo ha querido él toda su vida. Toda una vida de nazareno de nuestro titular y con Él se ha marchado, y en este día de la Natividad de la Virgen se le echará muchísimo de menos, porque todo el que le conoció sabía de su simpatía, de su bondad, de su gran corazón. Tan grande como el de su abuelo,  como el de su padre, como el de su hermano. Sólo nos queda consolar a sus hijos, a Juanito, a Rafa, a Belén, a Lucía, y pedirles que no olviden nunca el legado que les dejaron. Cómo yo le decía a mi Juan animándolo a que no colgara su túnica y no dejara de salir.

Al Señor no le puede faltar un Antúnez a su verita.


Juan de espaldas, mirando a su hermano Paco y a sus hijos, Rafa y Juanito en la madrugá del 2004.


1.- Véase la entrada del blog de febrero de 2018 "Semblanza de Paco Antúnez".

2.- Véase la entrada del blog de diciembre de 2016 "Las saetas de Manolito Bermúdez".

  





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